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Terror, poder y economía (Luisa Marco Sola)

A la sombra de la crisis ha surgido una literatura abundante pero de calidad diversa. Pocos de los ensayos aparecidos lograran convertirse en imprescindibles, aunque sin lugar a dudas uno de ellos será el libro de Joaquín Estefanía La economía del miedo. En el mismo, Estefanía aborda la Gran Recesión desde la extremada crítica que resulta inevitable para todo aquél que realmente sabe de economía.

Pero no se trata únicamente de un ensayo restringido al plano macroeconómico; el trabajo de Estefania, como la crisis misma, es mucho más. Aventura un análisis social de las decisiones que nos han llevado hasta este punto. Aborda, sin tapujos, la desocialización de la sociedad, que deja de lado a los “desafiliados” (como los define Robert Castel) en que nos vemos inmersos. Y señala responsables al retomar la “imprudencia de las élites” referida por el Nobel Paul Krugman en sustitución de la “rebelión de las élites” (Christopher  Lasch). Así, independientemente de la nomenclatura, lo que aparece  como indiscutible es que estos grupos de privilegiados (esos “banksters” como los denominó el movimiento Occupy Wall Street) pusieron fin en  algún momento y  unilateralmente a su contrato social con la colectividad.

Y todo ello ante el silencio de las víctimas, paralizadas por el miedo, bien por el riesgo de exclusión bien por peligrar su propia supervivencia. Allí reside el argumento nuclear del profesor Estefanía, esta  economía del miedo, heredera del miedo al terrorismo internacional, que responde a una nueva ideología del terror, a un nuevo miedo contemporáneo encarnado en la “dictadura de los mercados”. Que ataca directamente el estado del bienestar. Que ataca al corazón de los derechos logrados por la ciudadanía, esta conquista que Hannah Arendt definiría como “el derecho del ciudadano a tener derechos”.

Viene, con ello,  el trabajo del economista español a sumarse a otros grandes hitos de la temática. Entre los mismos, los diversos trabajos del incómodo Nobel  Paul Krugman (a destacar su hiriente artículo “¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?” publicado en 2009); la grandiosa Una historia de la euforia financiera, de Galbraith; el documental Debtocracy, de los  periodistas griegos  Katerina Kitidi y Ari Hatzistefanou; o el absolutamente imprescindible Inside Job.  Todos ellos señalan el origen de la crisis en la propia explosiva “Financiarización de la economía” en ese  “cambio del centro de gravedad desde lo productivo a lo financiero, de lo tangible a lo intangible” que Estefanía etiqueta sin paños calientes como “necedad financiera”.

El diagnostico del autor es claro y contundente: “Un sistema no fracasa si no puede ayudar a sus bancos, pagar su deuda o volver a los equilibrios macroeconómicos (estos son objetivos intermedios); lo hace, en cambio, si no puede asegurar el bienestar de sus ciudadanos, si los hijos de estos no pueden vivir mejor que sus padres y se rompe la cadena del progreso”.  El fracaso, así, es a día de hoy innegable.

Necesitamos un cambio global y profundo, una refundación del capitalismo tal como la denominó Sarkozy (para luego abandonarla ahogada en el tintero).  Necesitamos gobernantes con agallas que den un paso adelante para imponer la regulación que estos mercados fuera de control requieren (en especial en lo relativo a la desregulación de los Credit Default Swap (CDS)) y una vuelta a una economía real, alejada de esta economía totalmente ficticia y tan vulnerable a la especulación que hace que la crisis de muchos de esté convirtiendo en la ganancia de unos pocos. Como sentenció Roosevelt “a lo único que tenemos que tener miedo es al miedo mismo”.

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Aritm(ética) (Luisa Marco Sola)

 El mundo se vuelve más y más incomprensible para los que somos de letras. Tanto que uno se pierde  a menudo con las cifras que se mueven en los periódicos últimamente, ahora que todos tenemos que saber tantísimo de las ecuaciones macroeconómicas  intangibles que de tal manera nos han complicado el día a día.  Necesitaría que alguien me explicara muchas cosas.

En las últimas semanas han saltado a los medios multitud de cantidades: 5,8 millones de euros de indemnización por su despido al exdirector general de la intervenida Caja del Mediterráneo, Roberto López Abad; y dos millones para Agustín Llorca, exdirector general adjunto. 4,3 millones de póliza para asegurarse un sueldo vitalicio es lo que desde Cajasur pagó el sacerdote Miguel Castillejo Gorraiz, fijando asimismo las aportaciones que se realizarían en el futuro a la fundación que había de llevar su nombre. Las cifras de las indemnizaciones de los directivos de la descapitalizada Novacaixa Galicia oscilaban igualmente entre los 10 y los cinco millones de euros. Y no me quiero olvidar, para terminar, los 370.000 euros anuales de la celebérrima pensión que se autoconcedió María Dolores Amorós, última directora general y quien condujo la CAM hacia el fondo más profundo del abismo en que entre todos la habían sumido.

Al mismo tiempo, las concentraciones a causa de los recortes en educación y en sanidad se suceden y reproducen exponencialmente. Médicos catalanes ya han advertido del aumento del tiempo de espera para poder operarse que irremediablemente se va  a producir. Se invoca desde algunos sectores la necesidad de reducir la inversión a causa del momento actual. El esfuerzo colectivo que debemos hacer como nación para salir de esta recesión en la que nos vemos sumidos.

Es por ello que  necesito que alguien me proporcione algunas explicaciones. Dado que los agujeros dejados por estos señores en sus respectivas entidades van a tener que ser cubiertos de alguna manera con nuestros impuestos (españoles o europeos), necesito que alguien me diga ¿Cuántas camas de hospital nos va a costar la pensión vitalicia de la Sra. Amorós? ¿Cuántos profesores menos vamos a tener en las aulas para hacer frente a la indeminzación del Sr. López Abad? ¿Cuántos días de aumento en las listas de espera para intervenciones nos va a suponer el sueldo vitalicio del Sr. Castillejo? –y esto último me preocupa más, puesto que esos días van a suponer que (lisa y llanamente) muera gente esperando esa operación-.

De estas equivalencias podríamos posiblemente extraer con todo detalle una ecuación global de la desvergüenza en el mundo actual.

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