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Crisis de fe (Luisa Marco Sola)

El real batacazo del Borbón ha dejado a la luz una falta de ética tan acusada entre nuestros dirigentes que arrastra al desprestigio a las propias instituciones.

Pidió perdón el Rey entre dientes y forzado por el momento. Momento éste en que por primera vez desde la Transición aparecía con nota negativa en la encuesta de opinión del CIS. Parece que se le agotó el crédito por los enormes meritos acumulados durante el cambio hacia la democracia. Y es de justicia reconocer  que estos no son pocos y que le debemos buena parte de la relativa tranquilidad con que se desarrollo nuestra Transición. Pero los tiempos han cambiado y nadie cuenta ya con un cheque en blanco ante la sociedad hipercrítica que habita el siglo XXI, por muchos meritos que uno tenga. Ya no bastan en los tiempos que corren, podría decir el titular.

Las críticas que ha llevado a un soberano a pedir perdón resultarían impensables no tanto tiempo atrás.   Aunque más interesante que la polémica en torno a los animales (o incluso en torno a la supuesta amante que nos quieren atragantar las portadas de la semana), o lo mucho, poco, o nada que le quitaba el sueño el paro juvenil,  es la figura del benefactor del célebre viaje.  O a mi me lo parece, al menos.  La Casa Real ha confirmado abiertamente que el  empresario hispanosirio Mohamed Kayali pago la factura de la cacería. ¿A cambio de nada? Esto debe de ser lo que llaman la verdadera amistad.

Estas amistades privadas de las personas públicas no han estado exentas de polémica últimamente. Conviene recordar la cercanía y la similitud con otra caída, la del jefe del Estado alemán, Christian Wulff por disfrutar de unas vacaciones pagadas por una empresa luego avalada por el Estado de Baja Sajonia, land que él gobernaba.

Claro que sólo es una estación más del pasaje de los horrores que forman el panorama político actual.  No hace falta salir de la Casa Real para anotar, ahora, un giro poco sorprendente. El del cuñadísimo  desandando  su entrada en los juzgados aclamando su inocencia, para salir de los mismos negociando concesiones a cambio de admitir su culpabilidad.

Se encadena en la bajeza  con la imagen de los populares Jaume Matas y Francisco Camps sentados en el banquillo; el escándalo de los EREs fraudulentos tramitados por sucesivos gobiernos socialistas en Andalucía; la propia trama Gürtel, todavía en proceso de desvelar en su totalidad; o  la abrupta huída de Rodrigo Rato al peligrar  hundirse el barco que capitaneaba. Ni que decir tiene que prácticamente hemos normalizado en nuestro inconsciente colectivo los escándalos de corrupción en las corporaciones municipales. Quizá la única (y dificilmente aceptable) virtud de esta crisis es que la interrupción del flujo constante de capital ha dejado de tapar las malas prácticas de las élites. La ética cotiza también a la baja en nuestros días.

En medio de todo esto, la pura hipótesis de la idea republicana descendida al mundo real amenaza con mutar del sueño a la pesadilla. Parece abundar entre los españoles la impresión de que esta casa real es el malo conocido frente a los peores por conocer. Todo en una escena política que hiela la sangre. Quizá es que nos hemos hecho mayores y hemos dejado de creer. Qué desesperanzadora vejez nos espera…

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La cena de los idiotas (Luisa Marco Sola)

La estupidez humana es una variable sociológica tan innegable  como la raza o el género.  Esta circunstancia ha quedado todavía más patente en los últimos años, si bien nadie ha sabido reflejarla tan bien como el ilustrador Aleix Saló.

Cuando esa crisis tan compleja, tan reservada su comprensión  para algunos escasos ilustrados se puede explicar  con dibujos de un modo tan diáfano, verdaderamente algo falla.  Lo que no tiene perdón es que hayamos seleccionado para dirigir nuestros destinos a los más ineptos.

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Terror, poder y economía (Luisa Marco Sola)

A la sombra de la crisis ha surgido una literatura abundante pero de calidad diversa. Pocos de los ensayos aparecidos lograran convertirse en imprescindibles, aunque sin lugar a dudas uno de ellos será el libro de Joaquín Estefanía La economía del miedo. En el mismo, Estefanía aborda la Gran Recesión desde la extremada crítica que resulta inevitable para todo aquél que realmente sabe de economía.

Pero no se trata únicamente de un ensayo restringido al plano macroeconómico; el trabajo de Estefania, como la crisis misma, es mucho más. Aventura un análisis social de las decisiones que nos han llevado hasta este punto. Aborda, sin tapujos, la desocialización de la sociedad, que deja de lado a los “desafiliados” (como los define Robert Castel) en que nos vemos inmersos. Y señala responsables al retomar la “imprudencia de las élites” referida por el Nobel Paul Krugman en sustitución de la “rebelión de las élites” (Christopher  Lasch). Así, independientemente de la nomenclatura, lo que aparece  como indiscutible es que estos grupos de privilegiados (esos “banksters” como los denominó el movimiento Occupy Wall Street) pusieron fin en  algún momento y  unilateralmente a su contrato social con la colectividad.

Y todo ello ante el silencio de las víctimas, paralizadas por el miedo, bien por el riesgo de exclusión bien por peligrar su propia supervivencia. Allí reside el argumento nuclear del profesor Estefanía, esta  economía del miedo, heredera del miedo al terrorismo internacional, que responde a una nueva ideología del terror, a un nuevo miedo contemporáneo encarnado en la “dictadura de los mercados”. Que ataca directamente el estado del bienestar. Que ataca al corazón de los derechos logrados por la ciudadanía, esta conquista que Hannah Arendt definiría como “el derecho del ciudadano a tener derechos”.

Viene, con ello,  el trabajo del economista español a sumarse a otros grandes hitos de la temática. Entre los mismos, los diversos trabajos del incómodo Nobel  Paul Krugman (a destacar su hiriente artículo “¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?” publicado en 2009); la grandiosa Una historia de la euforia financiera, de Galbraith; el documental Debtocracy, de los  periodistas griegos  Katerina Kitidi y Ari Hatzistefanou; o el absolutamente imprescindible Inside Job.  Todos ellos señalan el origen de la crisis en la propia explosiva “Financiarización de la economía” en ese  “cambio del centro de gravedad desde lo productivo a lo financiero, de lo tangible a lo intangible” que Estefanía etiqueta sin paños calientes como “necedad financiera”.

El diagnostico del autor es claro y contundente: “Un sistema no fracasa si no puede ayudar a sus bancos, pagar su deuda o volver a los equilibrios macroeconómicos (estos son objetivos intermedios); lo hace, en cambio, si no puede asegurar el bienestar de sus ciudadanos, si los hijos de estos no pueden vivir mejor que sus padres y se rompe la cadena del progreso”.  El fracaso, así, es a día de hoy innegable.

Necesitamos un cambio global y profundo, una refundación del capitalismo tal como la denominó Sarkozy (para luego abandonarla ahogada en el tintero).  Necesitamos gobernantes con agallas que den un paso adelante para imponer la regulación que estos mercados fuera de control requieren (en especial en lo relativo a la desregulación de los Credit Default Swap (CDS)) y una vuelta a una economía real, alejada de esta economía totalmente ficticia y tan vulnerable a la especulación que hace que la crisis de muchos de esté convirtiendo en la ganancia de unos pocos. Como sentenció Roosevelt “a lo único que tenemos que tener miedo es al miedo mismo”.

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Aritm(ética) (Luisa Marco Sola)

 El mundo se vuelve más y más incomprensible para los que somos de letras. Tanto que uno se pierde  a menudo con las cifras que se mueven en los periódicos últimamente, ahora que todos tenemos que saber tantísimo de las ecuaciones macroeconómicas  intangibles que de tal manera nos han complicado el día a día.  Necesitaría que alguien me explicara muchas cosas.

En las últimas semanas han saltado a los medios multitud de cantidades: 5,8 millones de euros de indemnización por su despido al exdirector general de la intervenida Caja del Mediterráneo, Roberto López Abad; y dos millones para Agustín Llorca, exdirector general adjunto. 4,3 millones de póliza para asegurarse un sueldo vitalicio es lo que desde Cajasur pagó el sacerdote Miguel Castillejo Gorraiz, fijando asimismo las aportaciones que se realizarían en el futuro a la fundación que había de llevar su nombre. Las cifras de las indemnizaciones de los directivos de la descapitalizada Novacaixa Galicia oscilaban igualmente entre los 10 y los cinco millones de euros. Y no me quiero olvidar, para terminar, los 370.000 euros anuales de la celebérrima pensión que se autoconcedió María Dolores Amorós, última directora general y quien condujo la CAM hacia el fondo más profundo del abismo en que entre todos la habían sumido.

Al mismo tiempo, las concentraciones a causa de los recortes en educación y en sanidad se suceden y reproducen exponencialmente. Médicos catalanes ya han advertido del aumento del tiempo de espera para poder operarse que irremediablemente se va  a producir. Se invoca desde algunos sectores la necesidad de reducir la inversión a causa del momento actual. El esfuerzo colectivo que debemos hacer como nación para salir de esta recesión en la que nos vemos sumidos.

Es por ello que  necesito que alguien me proporcione algunas explicaciones. Dado que los agujeros dejados por estos señores en sus respectivas entidades van a tener que ser cubiertos de alguna manera con nuestros impuestos (españoles o europeos), necesito que alguien me diga ¿Cuántas camas de hospital nos va a costar la pensión vitalicia de la Sra. Amorós? ¿Cuántos profesores menos vamos a tener en las aulas para hacer frente a la indeminzación del Sr. López Abad? ¿Cuántos días de aumento en las listas de espera para intervenciones nos va a suponer el sueldo vitalicio del Sr. Castillejo? –y esto último me preocupa más, puesto que esos días van a suponer que (lisa y llanamente) muera gente esperando esa operación-.

De estas equivalencias podríamos posiblemente extraer con todo detalle una ecuación global de la desvergüenza en el mundo actual.

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Indignarse o morir (Luisa Marco Sola)

Una de las herencias más reseñables del 15M, y las líneas de su programa, son lugar a dudas sus lemas. Ayer volvieron a llenar las calles los “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”,  “Esta crisis no la pagamos” o el coreado “Lo llaman democracia y no lo es”.

Uno de ellos, “No podemos apretarnos el cinturón y bajarnos los pantalones a la vez”, sintetiza probablemente uno de los rasgos más propios de los españoles: nuestra capacidad para tomarnos a chirigota la crítica más seria sin que por ello pierda ni un ápice de su entidad.

La internacionalización del espíritu de Sol, la construcción de una Indignación global, acordada en una asamblea el 17 de junio en Madrid  puede considerarse todo un éxito. Las manifestaciones pacíficas se simultanearon en Barcelona, Sevilla, Lisboa, Berlín, Sídney o Roma (ésta no tan pacífica). El nuevo movimiento, ahora global, cuenta incluso con un propio medio de comunicación en el canal globalrevolution de livestream, donde se puede seguir en tiempo real actuaciones y opiniones en todo el orbe. La inmediatez y mundialización que supone la red dota a esta “revolución”  de una capacidad de actuación sin precedentes en la historia. Sin embargo, la falta de concreción de su programa sigue siendo su mayor lastre.

A la creciente avalancha de intelectuales que se han puesto a teorizar sobre loquequieraquesea el 15M se ha unido Zygmunt Bauman. Éste, premio Príncipe de Asturias y padre de la célebre “modernidad líquida”, advierte también del riesgo de que el 15M se termine disolviendo por su propia naturaleza. Su características intrínsecas de movimiento “emocional” y “horizontal” lo dotarían a su parecer de gran capacidad para destruir, pero muy escasa para construir.

Existe una innegable insatisfacción en la sociedad mundial. Existe un ansia de actuar conjuntamente y cambiar el mundo hacia una versión más justa del mismo, algo que resultaba inimaginable hace no tanto. Sería, por ello, total y absolutamente imperdonable no aprovechar esta oportunidad que se presenta.

Es momento de estructurar  un programa y unas líneas de acción reales y aplicables para que la única herencia del 15M no se limite a eslóganes atractivos y poco concretos.  Es un paso a dar con urgencia, antes de que el espíritu de Sol pase, simplemente,  a diluirse.

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Estaciones Revolucionarias (Luisa Marco Sola)

Apenas tres días después de que la policía de Manhattan arrestara a trescientas personas por cortar el puente de Brooklyn, ya algunos comentaristas comenzaban a referirse al Otoño de Nueva York. Nos encontraríamos así ante una nueva fase de las protestas que habrían empezado con la Primavera Árabe y se habían trasladado luego a Europa en eso que nosotros llamamos 15M y el resto del mundo Spanish Revolution.

Se dibuja de este modo a los ojos de los analistas globales un movimiento ciudadano mundial, una nueva revolución global, y, esta vez, una revolución 2.0 por el papel de las redes sociales en su convocatoria y organización. Internet ha logrado una verdadera alianza de civilizaciones, unidas lamentablemente en torno al hastío por el mundo que nos ha tocado habitar.

Y es que no parece tan claro que eso que estamos exportando al otro lado del Atlántico sea esperanza. Los logros de la Primavera Árabe parecen mayormente  prometedores, aunque la alegría que trasmiten las pegadas de carteles electorales a la espera de unas elecciones democráticas en Túnez no deben llevarnos a olvidar la guerra civil que todavía desangra la vecina Libia. La concesión del voto a las mujeres en los Emiratos Árabes ante el temor del contagio del virus democrático (que ha hecho caer en países cercanos  regímenes tan antiguos que se confundían con el propio Estado)  es una pequeña pieza en la construcción de  sistemas verdaderamente representativos. Pero falta un camino por andar.

Llegados a la porción occidental de las protestas, la valoración es todavía más difícil. Escuchar seis meses después del 15 de marzo las mismas reivindicaciones por boca de los mismos estratos sociales que se manifestaron en Sol sin que  se hayan alcanzado logros concretos y sustanciales no invita al optimismo.  Invita a pensar que nos encontramos ante un sistema demasiado atrófico para digerir ningún tipo de reforma sustancial.

¿Qué perspectivas se presentan para este movimiento, que no es más que la desazón de una generación entera? ¿Qué nos espera en el invierno de esta revolución?

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