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Bautismos de sangre (Luisa Marco Sola)

La detención de Saif al Islam, el más mediático de los hijos del derrocado Gaddafi, sitúa a los rebeldes libios frente a una difícil encrucijada. La decisión a tomar no es tanto el destino que van a dar al reo como la de la esencia de que van a dotar a la fundación de su nuevo régimen.  La inclinación inicial del Consejo Nacional de Transición (CNT) por celebrar un juicio, sea en territorio nacional o fuera de él, es un signo de esperanza al respecto, no obstante.

Los precedentes, por otro lado, son nefastos.  El linchamiento y la pública exposición del cuerpo de su padre ante los ojos de medio mundo gracias a los medios de comunicación actuales son dignos de una profunda reflexión.

No es algo nuevo. En nuestra historia reciente, la ley del Talión ha dictado la partitura de los ajusticiamientos populares de tiranos derrocados en varias ocasiones. Poniendo por un momento de lado la comprensible rabia,  ¿es ajusticiamiento sinónimo de justicia?

El más icónico y repetido de estos ajustes de cuentas fue sin lugar a dudas  el asesinato de Benito Mussolini, ahorcado y suspendido cabeza abajo junto a su amante, Clara Petacci, en la plaza Loreto de Milán. Las fotos de los cuerpos colgados, en aquel 28 de abril de 1945, con rastros evidentes de los ultrajes a los que fueron sometidos por los presentes dieron la vuelta al mundo.

Hitler, sitiado junto a Eva Braun por las tropas soviéticas en su bunker de Berlín, escapaba de sufrir una suerte similar optando por suicidarse apenas dos días después,  el 30 de abril de 1945. Varios de sus lugartenientes en el Partido Nazi sí habían de enfrentarse a sus responsabilidades en  el proceso ejemplar que supusieron los juicios de Núremberg.  De entre ellos y condenado a cadena perpetua, Rudolf Hess ingresaba en la prisión de Spandau en octubre de 1946. Y en prisión fallecía el 17 de agosto de 1987 en medio de un encendido debate social acerca de su posible excarcelación por motivos humanitarios. Independientemente de las formas, el destino de los criminales de guerra es siempre motivo de inevitable controversia.

Años después,  las cosas sucedieron  de modo muy  diferente en la Rumanía que decía adiós al comunismo. La emisión a través de las televisiones de la ejecución de Nicolae Ceausescu  y su mujer tras un juicio precipitado no logró dotar a la sentencia de la transparencia que perseguía. En todo momento, la sensación de teatralidad y brutalidad fue inevitable en esa Rumanía que pasó la navidad de 1989 sentada ante el televisor.  De igual manera que se hizo con el de Gadafi, sus cuerpos fueron enterrados con el mayor secreto para evitar que el lugar se transformara en un lugar de peregrinación de los nostálgicos de tiempos pasados.

Ya inaugurado el siglo XXI,  en el que hasta el momento el mal absoluto viene representado  por el terrorismo internacional, presenciábamos la muerte de Saddam Hussein. Su ahorcamiento trataba de hacer verificable ante los espectadores su muerte, aunque resulta difícil de decir si la retransmisión de los que a fin de cuentas es una muerte puede justificarse más allá del morbo. Vendría a ser, como acto escenificado,  digno heredero de los autos de fe públicos de la más oscura época moderna  hispana.

En contrapartida, para la ejecución sin juicio de su pretendido colaborador, Osama bin Laden, se optaba definitivamente por evitar testimonios y hacer desaparecer el cuerpo. El secretismo del acto abría las puertas a teorías dispares sobre la veracidad de lo ocurrido.

¿Son tales actos un lugar común de nuestra trayectoria histórica sin mayores implicaciones? ¿Se trata de inevitables peajes a pagar en el tránsito hacia sistemas más democráticos y representativos? ¿O conviene reflexionar sobre la naturaleza de los mismos más allá de la más que indiscutible condena que estos personajes merecen?

Efectivamente, cabe preguntarse qué legitimidad pueden reclamar las democracias cuando nacen manchadas de sangre. Tales actos desdibujan el concepto de mal y los propios límites de lo que se defiende frente a los crímenes del  tirano derrocado. Se debería calibrar el peligro de que  un acto fundacional semejante acabe transformándose  en un pecado original difícil de exonerar.  Y es que cuando media la sangre, no es difícil que el héroe acabe convirtiéndose en tirano. Y viceversa.

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Paul Krugman

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