Archivos Mensuales: julio 2015

La espada de terciopelo (Daniel Ruelas)

Confieso que yo lo ignoraba por completo hasta hace un par de días, pero resulta que el 2 de julio es una fecha altamente significativa para México. Algún distraído pensará que me refiero al “histórico” cambio de Gobierno que tuvo lugar en el año 2000, pero ese es un detalle muy menor. Además de que, a 15 años de distancia, cabe preguntarse seriamente si de verdad ese suceso tuvo algo de histórico.

A mi juicio, es mucho más importante el aniversario luctuoso de Porfirio Díaz, que también se celebra en 2 de julio y que es algo que, como he dicho antes, la gran mayoría de los mexicanos ignora. No sorprende. Porfirio Díaz es uno de esos personajes discutidos, denostados y condenados al basurero de la Historia por la crónica oficialista, esa que durante tantos y tantos años ha escrito los libros de texto con que se imparte la educación primaria en México.

Según esta versión, Porfirio Diaz es el prototipo de dictador autoritario y enfermo de poder, que durante casi 40 años mantuvo los privilegios de unos cuantos a costa de sumir en la miseria a la gran mayoría de la población, y que fue derrocado por una Revolución cargada de ideales justos, que impuso un nuevo orden y llevó a México al progreso y la prosperidad.

Tal y como suele suceder, al menos en México, la historia de Díaz está cargada de medias verdades adornadas con tintes maniqueos. Ese ha sido el pecado y pecado grande, de los historiadores que tal vez, emanaron del sistema político que se instauró con la Revolución y que con sus atenuantes y acotaciones, sobrevive hasta nuestros días. Según ellos, no caben medias tintas: los malos tienen que ser muy malos y los buenos muy buenos. Claro, los buenos son los héroes de la Independencia y la Revolución, los paladines de la Reforma y los malos, los enemigos de éstos. Esta manera de ver la historia peca cuando menos de incompleta, porque deshumaniza e idealiza a hombres que, como todos nosotros, tuvieron luces y sombras, aciertos y errores.

El caso de Porfirio DÍaz es paradigmático. Pertenece, como queda dicho, al bando de los villanos. Pero creo que, en su 100 aniversario luctuoso, se merece que revisemos su historia desapasionadamente, sin ánimo de incordio, sino simplemente, de curiosidad intelectual. Comencemos por lo evidente. Es un hecho que el hombre tuvo defectos y cometió errores. Quien diga que Díaz fue un dictador, posiblemente está en lo cierto: se mantuvo en la Presidencia 34 años, y algunas de sus frases (“Mátenlos en caliente” “Este pollo quiere su maiz”) han pasado a formar parte de la leyenda urbana y el habla coloquial en México. De esas frases viene una que igual ha hecho época y que me gusta mucho: “Fusílenlos y después viriguen”. SI, Diaz fue un hombre que se mantuvo en el poder durante un lapso prolongado, y que lo ejerció con eso que suele llamarse mano dura.

Pero también es cierto que ha menudo se olvidan las muchas e innegables cualidades de Díaz:  su brillante carrera militar en la época de la intervención (que le permitió llegar a la Presidencia) y la visión de Estado que  mostró al “afrencesar” el país, activar la economía y generar, si, prosperidad, aunque nos cueste admitirlo. Porfirio Díaz hizo lo posible por introducir a México en la modernidad de finales del Siglo XIX: construyó una red ferroviaria, reformó la administración pública, tomó medidas para combatir el bandidaje y con ello incrementó el comercio, la producción, y la seguridad. Era un hombre que tenía una visión clara de hacía donde debía ir el México de su tiempo: de acuerdo a su criterio, tenía que parecerse a Europa y concretamente, a la Francia de aquella época. He visto cifras que prueban que el estado de la economía nacional creció bastante durante su gobierno.

Desde luego que tuvo mano dura al ejercer el poder, pero eso puede explicarse – si bien no justificarse – a la luz de las circunstancias de su tiempo. Quizá Diaz en algún momento se excedió, pero la mano dura era necesaria en un país que hasta antes de él (hasta 1876) no había conocido más que la anarquía política y social. Había que ser decidido para asegurar una estabilidad política que a su vez, asegurara la estabilidad económica. El haber entendido esa circunstancia y haberla llevado a la práctica constituye un gran mérito del oaxaqueño. Su peor error fue el que siempre comenten los grandes hombres de Estado: no saber retirarse cuando tuvo que hacerlo, y no haber entendido que muchas veces, la política no es sino el reflejo de la evolución de una sociedad. Hoy, a 100 años de su muerte, Porfirio Diaz se sentiría hondamente preocupado si supiera que los gobiernos – o los sistemas de gobierno – que lo derrocaron han echado al olvido algunas de sus virtudes y si han reproducido y recrudecido, muchos de sus peores vicios. Es que los mexicanos no aprendemos de nuestra historia. Y eso se debe principalmente a que nuestra historia está muy mal contada.

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