TRAS EL INCENDIO. Luisa Marco Sola

“-Se han dado un festín y os han dejado los huesos-” Tan claro y tan rotundo retrataba el padre de Glauco, protagonista de Un padre infiel, el fracaso existencial de su hijo, su desazón, su vacío, que es el vacío de una generación entera que jugó durante años siguiendo las reglas del juego y repentinamente descubrió el engaño del trilero.
El ajuste de cuentas generacional toma la forma hoy de voto de castigo a los viejos políticos. Y de triunfo aplastante de iniciativas ciudadanas varias no siempre jóvenes pero sí nuevas. Alejadas de lo viejo, críticas, renovadoras, al menos por ahora.
El balance es altamente positivo, sin embargo. Mientras otros países de nuestro entorno abrían la puerta a soluciones de ultraderecha, en España ni tan siquiera han aparecido en escena. La apuesta por el cambio recorre un amplio espectro desde el centro a la izquierda.

Llega el momento de derribar los viejos totems. Hoy comienza una segunda Transición. Respetuosa con la primera, agradecida con ella, que nos dio la democracia, pero consciente de que la sociedad española tiene un camino por andar.

Han sido treinta años de estabilidad institucional, de contención, de alejar el fantasma guerracivilista. Ha sido un ciclo entero, culminado con éxito, de consolidación democrática. De fe ya no sólo en una forma de gobierno sino en el propio ser español, alejado por fin de la naturaleza sangrienta que se le achacaba. Ahora que ya no se escucha el ruido de sables, ahora que la democracia como forma de gobierno es irreversible, queremos una mejor democracia.
Aquellos que no se retiraron a tiempo una vez cumplida la misión, se han ido convirtiendo en fósiles paleolíticos de un sistema al que ya no pueden servir. Su sola permanencia, aferrados a coyunturas sin reparar en el fondo ha vaciado de contenido a los ojos de mucho la propia democracia. Ésta, cuestionada y encarada a sus propias limitaciones, vuelve a ser repensada ahora ya por una generación diferente. Se trata de retomar el fondo, el contenido, las ideas como motor del cambio y la participación ciudadana como única herramienta posible para esta evolución.
Pero si alguien piensa el tiempo que comienza hoy en términos municipales y autonómicos, se equivoca. Desde hoy, todo se hace y se piensa en parámetros de elecciones generales.

Las decisiones que se tomarán en los próximos días cobran dimensión histórica. Y la estrategia a seguir pasará factura a todos. ¿Perdonará un votante del PSOE que éste no pacte para despojar al PP de la alcaldía de Madrid? Pero, ¿le perdonará que sí lo haga? ¿Perdonará el votante de Podemos a estos que se alíen con los partidos de siempre para ganar cuotas de poder? ¿Pueden las diferentes iniciativas ciudadanas identificarse claramente con una marca política nacional? ¿Deben hacerlo? ¿Cuál ha de ser el papel de Ciudadanos en las alianzas? ¿Y el de los nacionalismos periféricos?

Comienza un nuevo tiempo político apasionante. El carácter experimental que sus propios votantes otorgan a los nuevos partidos ha quedado claro en la forma en que el voto para las autonómicas ha resultado más conservador que el de las municipales. Queda la expectación y, quién sabe, quizá la esperanza.

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