De otro tiempo y hacia otro tiempo. Luisa Marco Sola

La conmemoración del 36 aniversario de la Constitución ha pasado demasiado de puntillas por el tema principal, la necesaria reforma de un texto agotado. Tenemos una enorme deuda de gratitud con esta constitución y sus autores, qué duda cabe. Pero sería negligente no asumir que nuestra carta magna ha sido no sólo la constitución de la Transición sino una constitución de transición en si misma.
Y en ese aspecto ha resultado un rotundo éxito. La Constitución de 1978 se entretejió con un propósito claro, sólido y específico: asegurar la democracia en España. Esta esencia queda contenida en el Título Preliminar, en el cual los principios generales, los derechos fundamentales, establecen la razón de ser tanto de la propia carta magna como del Estado que delinea: “La libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.
La cuestión catalana puede jugar en este tablero la notable virtud de poner al descubierto el agotamiento del texto en muchos otros aspectos. Sin embargo, la interpretación que se está haciendo de las relaciones históricas entre el nacionalismo y el Estado por los actores de la polémica parte de conceptos distorsionados y equívocos. Y es que olvidan las profundas negociaciones y renuncias por ambas partes que han marcado el paso de la relación entre el Estado central y los nacionalismos históricos.
En el debate conducente a la redacción de la carta, cuyos inicios incluso podríamos remontar a los primeros contactos entre la disidencia al Régimen Franquista a finales de los años 50, los nacionalismos periféricos reclamaron un reconocimiento como realidad diferenciada que ya les había otorgado la II República. La República significaba en aquel momento para el imaginario nacionalista la Edad de Oro a la que volver tras años de oscuridad, tras el frío invierno que había supuesto para todos ellos la dictadura de Franco.
Aunque se trataba de un recuerdo parcial e idealizado a través del empañado prisma del exilio. Bien es cierto que durante el período republicano el PNV logró convertirse en un movimiento social de amplia base social gracias a una nueva generación de políticos encabezada por José Antonio Aguirre y Manuel de Irujo. Éstos, sin abandonar la independencia de Euskadi como meta final, prefirieron centrarse en la lucha por el Estatuto de Autonomía para el País Vasco, cuya aprobación les costó lograr y no llegó hasta 1936. El retraso que sufrió la ratificación del texto por el Parlamento Republicano, tres años tras el referendum que tal efecto se celebró en 1933, motivó que los sectores independentistas, el grupo Jagi Jagi, acabara escindiéndose del PNV.
Las relaciones entre la República y el nacionalismo catalán resultaron todavía mucho más conflictivas. Tras la esperanza con que fue recibida la proclamación de la República, entre enero y abril de 1932 el Estatuto de autonomía propuesto por Cataluña hubo de adecuarse a la Constitución para ser aprobado en septiembre de ese mismo año, aparcando las ambiciones federales y cualquier rastro de una soberanía plena para Cataluña. En octubre de 1934, la proclamación unilateral del Estado Catalán dentro de la República Federal Española por parte de Lluís Companys, presidente de la Generalitat, como protesta por la entrada de la Confederación Española de Derechas Autónomas en el gobierno, terminaba con la detención de Companys y la total suspensión de la autonomía catalana.
Tras la larga dictadura franquista, la Transición permitía salir de la oscuridad al PNV. En su asamblea nacional de Pamplona en 1977, sin embargo, apostaban nuevamente por una vía intermedia entre la independencia y la autonomía, al mismo tiempo que desterraban la definición étnica y racial del ser vasco. En ese mismo 1977 se restauraba la Generalitat de Cataluña a la voz del célebre “Ja sóc aquí” de Josep Tarradellas. También en 1977 el PSOE se veía forzado a abandonar su proyecto federal en favor de cuestiones más apremiantes.
En el marco de un ambiente atenazado por el ruido de sables, el conjunto de los partidos pactó la organización del Estado como la manera calculadamente ambigua (el “cafe para todos”) de dar carpetazo a un tema que en ese momento fue considerado menor frente a la acuciante urgencia de dotar de cimientos sólidos a la naciente democracia en ciernes.
En síntesis, han sido las dialécticas de conflicto las que han marcado el avance de nuestra democracia y su relación con los nacionalismos periféricos, lejos de los oasis pactistas que los inmovilistas nos quieren hacer creer para no reformar la Carta Magna. Una Carta Magna centrada en la construcción de un sistema democrático en ese momento difícil e inestable y que postergó otras realidades que ya podemos, como sociedad, abordar.
Treinta y seis años son un período de prueba más que suficiente, y anómalo en nuestra historia constitucional, durante los cuales la práctica democrática ha puesto a descubierto las cuestiones a mejorar y pulir en las normas del juego que la España de la Transición se dio. Ahora que la democracia es, gracias en buena medida a esta Constitución y sus padres, una realidad consolidada, toca trabajar en la calidad de dicha democracia.
Una hipotética reforma de la Constitución posibilitaría, no sólo adaptarla a la nueva realidad del territorio que ha de regir, sino además implicar a las nuevas generaciones que no votaron en el 78 y no se sienten, por ello, copartícipes del texto.
Por otro lado, lograr hacer la carta magna un instrumento flexible y cercano a las nuevas demandas evitaría que parte del espectro político opte por romper el tablero y situarse fuera de la normalidad institucional. Y el período de estabilidad en que nos hayamos nos brinda el mejor escenario para un diálogo constructivo y ambicioso que aporte un texto con capacidad de perdurar otros treinta y seis años. Esta vez ya no sólo de democracia, sino de una mejor democracia.

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2 pensamientos en “De otro tiempo y hacia otro tiempo. Luisa Marco Sola

  1. Estoy de acuerdo con ustedes, pero me indigna que sean los independistas catalanes los que nos marquen el paso a los demás españoles. Me preocupa mucho más la corrupción de la clase política, y la Constitución tendría que ocuparse.
    Felicidades por el blog.
    Alberto Martínez

  2. Buenas noches,
    Leo con asiduidad con su blog, y les agradezco que nos acerquen también a la situación mejicana.
    Me ha gustado su reflexión sobre la reforma de la Constitución, que creo yo también que es muy necesaria, pero creo que se han quedado ustedes cortos. Una sociedad enferma como la nuestra, enferma de corrupción y de indignación, la Constitución tiene que ser más estricta y llegar más allá de lo que llega la actual.
    Un abrazo.

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