Rebelión en la granja (Daniel Ruelas)

Siempre he creído que la literatura es un fenómeno profundamente humano. O así debiera ser. La literatura, aunque se inserta mayormente en un mundo de ficción, nos permite analizar e interpretar mejor nuestra realidad cotidiana, y tal vez, identificar los errores que hemos cometido para enmendar el camino y ser personas más capaces, más racionales, y más integras.

Lo  anterior viene a cuento porque se me ocurre que, en el contexto del México actual, hay una obra que yo pondría como lectura obligada a todos nuestros políticos, y especialmente, a los miembros del Partido Acción Nacional. Es Rebelión en la granja, de George Orwell.

Orwell escribió y dio a conocer su obra alrededor de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin y se anunciaban ya los primeros signos de lo que después se conocería como Guerra Fría. El autor, desde un principio, concibe la novela como una mezcla de sátira política y ciencia ficción. Un grupo de cerdos se confabula para expulsar del poder al granjero, y gobernar según sus propias reglas (los “7 mandamientos”). Después de un tiempo, sin embargo, los propios cerdos ignoran las reglas del juego, y se embarcan en una guerra fratricida, dando como resultado simultáneo una dictadura y una anarquía absoluta en la granja. Muchos han visto aquí un paralelismo con Josif Stalin, y su sangrienta toma y ejercicio del poder. Yo estoy de acuerdo, máxime si se toma en cuenta el contexto histórico en que se publica la obra.Y el mensaje de Orwell es muy claro: aún si se tienen las mejores intenciones y los más claros principios, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Lo maravilloso de una obra literaria es que, con un poco de reflexión, puede aplicarse a muchos tiempos y espacios distintos. Estoy seguro de que Orwell no lo pensó, ni podía sospecharlo, pero su obra se puede tomar hoy como una sátira de varios sistemas que han venido después de Stalin. Con distintas circunstancias, con distintos modos y con distintos matices, aún a día de hoy muchos gobiernos mantienen intacto el principio orweliano de un ejercicio de poder al menos tan malo como aquel a quien antes se criticaba.

Por razones prácticas y afectivas, quiero referirme aquí al caso mexicano. De manera muy superficial, pero ilustrativa. En esta granja mexicana, los cerdos resultaron ser los gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN) el partido de orientaciones derechistas fundado en 1939, y desde su origen, muy crítico con los gobiernos priistas emanados de la revolución. Durante décadas, el PAN permaneció como una oposición simbólica, silenciosa, a la sombra de la dictadura perfecta instaurada por los priistas. Durante muchos años, nunca tuvo  la menor posibilidad real de ejercer el poder. Era visto, sin embargo, como una alternativa aceptable para quienes anhelaban un cambio de gobierno, en parte por el peso moral que todavía hoy tienen sus fundadores y algunos de sus dirigentes en la historia de la política mexicana. Los panistas, se pensaba, eran una opción viable, que merecía una oportunidad.

Esta tendencia se agudizó hacia finales de los años ochenta, cuando una serie de circunstancias – el agotamiento del viejo modelo priista, las consecuentes reformas políticas y la aparición simultánea de varios candidatos e ideólogos dotados de un carisma singular – convirtieron al PAN en un partido con opciones reales de gobernar. El momento culminante tuvo lugar en el año 2000, cuando llegó al poder un individuo muy simpático, Vicente Fox, que era visto por la gran mayoría de los mexicanos como “el candidato del cambio”. Pero Fox no logró gran cosa. Más allá de los incuestionables méritos de su gobierno – entre los que se cuentan la estabilidad económica, la reducción de la pobreza y la consolidación de un modelo institucional relativamente independiente – Fox desperdició una magnifica oportunidad de emprender un cambio de fondo. Si como candidato parecía dispuesto a comerse el mundo, como Presidente resultó un individuo tibio, indeciso, que se apoyó en un gabinete bisoño y sin oficio político, perfectamente susceptible de caer en las garras de la oposición priista.

Aún así, y un poco debido a las circunstancias, el PAN recibió otra oportunidad en 2006. Fue en este sexenio, el de Felipe Calderón, cuando los cerdos se transformaron. Calderón, pese a que mantuvo el rumbo en política económica, empezó a imitar algunas viejas costumbres de los gobiernos priistas de antaño. Para llegar al poder, se sirvió de algunas alianzas cuestionables. Para su gabinete, y al más puro viejo estilo, nombró personas que destacaban por sus lealtades y no por sus méritos. Se comportó de manera tal que llegó a confundirse – y fundirse – con la cúpula, supuestamente independiente, del partido. Como muchos priistas de antes, fijó una serie de objetivos irreales y se empecinó en ellos, aún a costa de sacrificar la estabilidad y la gobernabilidad del país. La guerra contra el narcotráfico, que todavía hoy no se entiende para qué sirvió, es el mejor ejemplo.

Pero la gangrena no se detuvo en quienes ejercían directamente el poder, sino que poco a poco y como en la novela de Orwell, asfixió a todos los que tenían que ver con él. En los últimos años, el PAN, casi literalmente, se ha caído a pedazos. Los 12 años de poder y los errores pasaron factura. Es, como suele decirse, el desgaste natural. Pero por otra parte, los panistas se han esmerado, como los cerdos de Orwell, en revivir los vicios que tanto criticaban hasta hace poco. Los escándalos de alcaldes corruptos, los “moches” entre diputados, el espionaje político con escuchas ilegales incluídas, el dedazo, la división y las pugnas internas que a veces alcanzan tintes de pleitos de lavadero, han convertido al PAN en una caricatura de sí mismo. Y todas esas prácticas son una herencia directa y deformada de las viejas costumbres priistas. Como en Rebelión en la granja, los cerdos derribaron al tirano, pero acabaron por imitar, de mala manera, sus malos modos.

Hoy, el PAN ha perdido ante el electorado el aura de “partido respetable” de que gozaba antes de llegar al poder. No es ya esa opción política con ideas más o menos claras, que era lo más cercano en México a un partido realmente moderno. Aunque los panistas estén insertos en una democracia imberbe e imperfecta (y no en el contexto del totaritarismo, como insinuaba Orwell) harían bien en releer, con mucha atención, esta pequeña novela. Quizá esa lectura les permita aplicar un antídoto y enmendar el rumbo. Porque hoy, más que nunca, México los necesita de regreso, si aspira a una vida política verdaderamente moderna. No se tarden, muchachos.

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