Ayotzinapa. La excusa perfecta (Daniel Ruelas)

No cabe duda que, a últimas fechas, México vive días aciagos y turbulentos. A raíz de la tragedia de Ayotzinapa (a estas alturas, mundialmente conocida) se ha desatado un torbellino político y social que, al menos desde la óptica de los medios internacionales, amenaza con degenerar en terremoto de 9 grados, un terremoto capaz de derribar al actual Gobierno priista.

Yo tengo para mi que los no enterados (y por no enterados entiéndase sobretodo los no radicados en México) han visto sólo una parte del problema, aquella que nos indigna a todos, dentro y fuera del país: la tremenda brutalidad que se manifiesta en un suceso como el de Ayotzinapa- La desaparición y muy probable ejecución de los 43 normalistas revela una serie de fallas severas en el funcionamiento del Estado mexicano y nos deja en muy mala posición a ojos del resto del mundo. Se trata de un suceso que cala muy hondo en la sensibilidad nacional y que, como bien apunta Peña Nieto, no puede volver a repetirse.

Hoy miles de voces en México se levantan para exigir la renuncia del Presidente por el caso Ayotzinapa. Pero yo sostengo que el asunto no es tan simple como parece. Más allá de la muy natural indignación, del sentimiento de solidaridad o de los fundamentos para cuestionar al Gobierno, la triste realidad es que todo el asunto empieza a tomar un cariz político cada vez más evidente. Entre los “indignados” hay voces legítimas y que merecen ser escuchadas, pero hay también representantes de grupos y grupúsculos que se autodenominan de izquierda y que tienen más de 50 años demandando la caída del Gobierno, a quien, a día de hoy, tachan de “neoliberal” e “imperialista”.

Resulta curioso, sin embargo, que estos grupos parecen obcecados por derrocar al gobierno, pero nunca han ofrecido una propuesta clara y convincente como alternativa. Y aunque aventurar un juicio sobre esta “izquierda” resulta prematuro toda vez que sus autodenominados representantes no han tenido oportunidad de ejercer el poder a nivel nacional, hay, en este preciso momento, una serie de datos que permiten calificar las críticas a Ayotzinapa y la petición expresa de renuncia de Peña Nieto como oportunismo político y que permiten bosquejar una visión, no por hipotética menos alarmante, de la clase de gobierno que tendría México si la autodemnominada izquierda llega al poder.

Lo que me da que pensar es que, justamente, los pocos estados que han sido gobernados por la izquierda se cuentan entre los más problemáticos y atrasados del país. El caso que nos ocupa tuvo lugar en Guerrero, el estado más pobre de México y gobernado por partidos de izquierda desde hace 18 años. Me llama la atención que los “indignados” de Guerrero alzaron de inmediato la voz contra el gobierno federal priista, pero en ningún momento pensaron en pedir cuentas a las autoridades municipales y estatales, directamente responsables de la tragedia y emanadas de partidos de izquierda. Me llama la atención también que, apenas iniciadas las protestas, se alzaron voces desidentes en Michoacán y Oaxaca, estados adyacentes a Guerrero, de condiciones socioeconómicas similares, y también, con una larga tradición de gobiernos de izquierda. Me llama la atención el que los desidentes sean en su gran mayoría maestros y estudiantes de escuelas normales procedentes de esos tres estados, que amparados por la indignación provocada por Ayotzinapa, se han dedicado a dejar de frecuentar e impartir clases, para consagrar su tiempo a realizar actos que sólo pueden ser calificados como vandalismo. Me llama la atención el que estos grupos aprovechen la ocasión para revivir una batalla que tenían casi perdida, la de la reforma educativa promovida por el Gobierno Federal, y exijan su no aplicación escudándose en este “crimen de Estado”. La reforma educativa, vale recordarlo, habría acabado, al menos en teoría, con prácticas muy turbias, tales como la venta o herencia de plazas docentes y el bajo nivel de los planes de estudio, que en Estados como Oaxaca y Guerrero son realidad cotidiana.

Me llama la atención que estos desmanes – el bloqueo de autopistas o carreteras, la toma de casetas o los plantones – se cometan con cierta regularidad en Guerrero desde hace mucho tiempo, con o sin la masacre de Ayotzinapa de por medio y siempre llevados a cabo por normalistas o maestros inconformes. Me llama la atención que los partidos de izquierda critican siempre al gobierno cuando éste pretende perfeccionar el modelo económico de mercado, y apoyan causas como los subsidios económicos o la educación sin calidad. Me llaman la atención la gran cantidad de conflictos, los altos niveles de pobreza y el bajo nivel educativo que imperan en Guerrero y Oaxaca, y en menor medida en Michoacán. Lo cual me lleva a inferir que, aunque haya grupos o gobiernos rescatables, la izquierda mexicana no es todavía una izquierda madura y, peor aún, que hoy pretende usar la masacre de Ayotzinapa como pretexto para desestabilizar al gobierno y sacar tajada política. Una pena, porque estoy seguro de que cualquier democracia moderna debe contar siempre en sus filas con una izquierda responsable.

Insisto: lo de Ayotzinapa es un acontecimiento escalofriante, indigno de un país y una sociedad que, con mucho esfuerzo y a trompicones, pretenden ingresar definitivamente al club de países desarrollados en un futuro no muy lejano. Pero es más indigno aún que un suceso tan lamentable se use como arma de presión política por grupos que, a lo que parece, sólo quieren revivir para mal lo peor de la peor izquierda. Cierto. El gobierno priista no es perfecto y ha incurrido en muchos y muy graves errores. Hay muchas demandas legítimas por formular y ese será tema de mi próximo artículo. Así y todo, estoy plenamente convencido de que una revuelta social apoyada en ideas radicales, que es lo que pretenden promover estos grupos usando Ayotzinapa como pretexto, no es el camino.

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