El rentable ridículo (Daniel Ruelas)

Hoy es justo y necesario hablar un poco del PRI. Por lo que he escrito en fechas recientes, algunos me podrían tachar de propriista. Nada más falso. Yo me precio de ser alguien pensante y por eso, como solemos decir los mexicanos, no me caso con nadie. Por costumbre, pero también por convicción. Creo que no hay nada mejor para el progreso de un país que una sociedad crítica y vigilante.

Francamente hay material de sobra. Lo ocurrido en Ayotzinapa, más allá de motivaciones políticas, basta y sobra para asestarle un buen golpe a la credibilidad del gobierno. Pero no es sólo eso. Las tan traidas y llevadas reformas, piedra angular de la campaña de Peña Nieto, han sido puestas también en entredicho. Vamos por partes.

Así a bote pronto, se me ocurre que la peor de todas es la reforma fiscal, cuya intención debía ser simplificar el mecanismo de recaudación, construir un sistema impositivo más justo, eliminar los huecos legales que hacen posible la evasión a gran escala y ampliar el número de contribuyentes cautivos. Estos, según los entendidos, son los 4 grandes problemas del sistema tributario mexicano. En lugar de enfocar sus baterías en esa dirección, el Gel Boy y sus muchachos nos salieron con una fórmula imposible de entender para los profanos, pero que para el ciudadano común se traduce en impuestos y más impuestos. Ojo: ésta es la segunda reforma fiscal en cinco años. Y supuestamente se aprobó para enmendar las fallas de la reforma calderonista. A mi parecer, no hay nada nuevo bajo el sol. La tirada sigue siendo la misma: obtener más recursos para el gobierno a costa de la clase media y sin eliminar uno solo de los problemas de fondo.

Aquí hago un paréntesis y me permito cuestionar también el empleo de los recursos que se recaudan en estos tiempos aciagos. Y es que, a caballo entre el asunto de Ayotzinapa y lo que se suponía iba a ser el festejo del 104 aniversario del inicio de la Revolución, resulta que Peña Nieto canceló la licitación del tren bala que uniría el Distrito Federal y Querétaro. El motivo, según se supo, fueron los manejos turbios entre la empresa china que obtuvo la licitación y sus socios mexicanos, que resultaron ser, muy convenientemente, buenos cuates del Presidente. Amén de que las formas en que se llevó a cabo el concurso casi mueven a pensar en una resurreción de una vieja costumbre nuestra que creíamos ya erradicada: la dedocracia.

Pero yo, más allá de estas cosas, me permito pedir explicaciones del por qué y el para qué de un tren bala entre dos ciudades muy cercanas. Se me ocurre que ampliar la red de autopistas de primera línea (que es extensa pero tiene todavía algunos huecos) sería una manera mucho más sensata de emplear esos recursos. Por si esto no fuera poco, el manejo de la crisis ha sido realmente lamentable. En mala hora se le ocurrió a Peña cancelar por decreto esa licitación, en pleno revuelo por la crisis de Ayotzinapa. Sólo desgastó aún más su ya maltrecha imagen. Como una broma macabra del destino, encima de todo esto cae el escándalo de la casita de Angélica Rivera. En fin.

Las reformas petrolera y educativa, por su parte, suenan mucho más positivas y coherentes en su estructura y enunciados. Pero me temo que su aplicación no depende de las leyes, sino de las circunstancias. Hablar de una reforma petrolera en plena caída libre de los precios del crudo resulta cuando menos paradójico, más aún si se contacta a invita a participar en el sector a empresas de dudosa reputación. Hablar de una reforma educativa que se aplica a discreción y según las conveniencias en muy pocos Estados y cuando existen grupos de poder e instituciones que pretenden (y consiguen) hacer caso omiso y seguir manejándose con sus propios criterios, es risible.

Entonces, mi querido Peña, México no es sólo Ayozinapa y sus activistas políticos disfrazados de indignados. Habemos indignados reales y tenemos razones reales. Demandamos, en consecuencia, resultados reales. Tú decides si realmente quieres cambiar a este país y ponernos los dos pies en el Primer Mundo, aún a costa de los intereses creados, o aplicar aquel principio a lo Lampedusa de cambiarlo todo para que todo siga igual. Yo opinaría que la primera opción es la buena. Te quedan 4 años. No te duermas.

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