La encrucijada tricolor (Daniel Ruelas)

Hace algunos años, Octavio Paz publicó un ensayo titulado PRI: Hora Cumplida, cuya tesis central era que el modelo del corporativismo y el “ogro filantrópico” con que el PRI había gobernado México durante siete décadas estaba próximo a agotarse y que era necesario – y previsible – un triunfo de la oposición. Paz escribió esto en fecha próxima a la elección de 1988. Polémicas aparte, la predicción tardó doce años en cumplirse. No fue sino hasta el año 2000 cuando el PRI, un poco forzado por las circunstancias, entregó el poder al PAN.

Los años que van de 2000 a 2012 fueron, a mi entender, una oportunidad desperdiciada por el priismo. Y es que el partido acostumbrado a ejercer el monopolio del poder no se encontró nunca cómodo en el seno de la oposición. Se dedicó sistemáticamente a poner piedritas en el camino del nuevo gobierno federal, con el objetivo de recuperar la Presidencia que consideraba suya. El resultado, creo haberlo afirmado antes, fueron doce años de parálisis, confusión y expectativas destrozadas.

En julio pasado, el PRI recuperó la Presidencia. El proceso no estuvo exento de dificultades. Recuerdo bien los temores que suscitaba entre la ciudadanía un posible triunfo priista. Muchos alegaban que significaría un retroceso a los viejos tiempos, al corporativismo, a la corrupción generalizada. Esto con el añadido de un candidato con pinta más de galán de telenovela que de político, cuyos frecuentes dislates constituían el hazmerreir de buena parte de la opinión pública. Sea como fuere, y merced a muchas circunstancias, el PRI obtuvo la tan ansiada victoria.

De entonces a la fecha ha transcurrido casi un año y no creo equivocarme si digo que millones de mexicanos, pese a las señales mandadas por el Gobierno de Peña Nieto, no vemos claro. El tiempo se le ha ido entre declaración de intenciones y obstáculos inesperados. Del tan traido y llevado Pacto por México a la detención y captura de la maestra, hay muchas cosas que no cuajan. Las “95 tesis” siguen estancadas en el escritorio, a la espera de un verdadero acto de civilidad política. La detención de Elba Esther, que tanto ruido ocasionó y que destapó la Caja de Pandora del antiguo priismo, no ha derivado todavía en la prometida y tan necesaria reforma educativa. La reforma energética, que equilibraría las finanzas públicas, sigue enfrentándose a prejuicios que en el Siglo XXI suenan a antediluvianos. A todo esto hay que añadir los recientes escándalos de Humberto Moreira en Coahuila y Andrés Granier en Tabasco, que reviven para mal lo peor del peor priismo. Sin olvidar el infantil berrinche electoral que protagonizó Castro Trenti en Baja California.

En resumen, el PRI se halla frente a una encrucijada histórica. Debe elegir entre seguir mostrando las carencias de siempre o renovarse y entrar en la dinámica que le exige la sociedad mexicana del Siglo XXI, mucho más participativa y vigilante que la de tiempos pasados. Debe convencer, con palabras y con hechos, de que ya no es el mismo de antes. No es fácil, es cierto, puesto que para lograrlo debe modificar su esencia y allí hay mucho de estructura podrida y enquistada. Pero no hay otro camino. Está en juego su supervivencia política y más aún, el destino de México. Y no queda mucho tiempo. Para Peña Nieto y demás actores, ésta es la primera llamada de atención, primera.

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