Sarajevos. Luisa Marco Sola

En estos momentos, el destino último donde va a refugiarse finalmente Edward Snowden es todavía una incógnita. Su súbito ataque de ética al revelar los programas de espionaje masivo e indiscriminado de los servicios secretos americanos ha ocasionado tanto un escándalo internacional como varios conflictos diplomáticos. 

Su nombre se une a una selecta lista.  En ella figuran ya Hervé Falciani, exempleado de HSBC que gracias a la información que proporcionó sobre 130.000 cuentas en Suiza puso al descubierto un gigantesco fraude fiscal; el soldado Bradley Manning, quien puso a la luz  documentos clasificados sobre la guerra en Afganistán; y, el más mediático, Julian Assange, fundador de Wikileaks a la vez que de esta corriente de disidencia global que se alimenta de filtraciones de información sensible o confidencial. Insospechadamente, unos pocos electrones libres han puesto al descubierto la forma en la que realmente funciona nuestro mundo. 

Y ya ni siquiera está tan claro que nosotros seamos los buenos de esta historia. Especialmente si tomamos en consideración que cada año se producen cientos de muertos a causa de los drones que EEUU envía sistemáticamente a zonas afganas y pakistanis. Y que la cifra va de modo imparable en aumento. Evidentemente, Obama no es Bush. Pero no está tan claro que no sea algo mucho peor. Es lo que tienen las aguas mansas. Y la falta de valor para cambiar comportamientos y actitudes ya sistémicos en el gigante americano. 

Claro que, en estas consideraciones, ¿qué significa ese “nosotros”? Visto en profundidad, ni tan siquiera parece indiscutible que los ciudadanos occidentales formemos un bloque uniforme con nuestros gobernantes. En virtud de esta guerra episódica que nuestros líderes dicen librar contra el terror, nuestros más fundamentales derechos están siendo violados impunemente. Y no solamente el derecho a la privacidad, que últimamente ha centrado nuestra atención, sino el derecho a la libre circulación o a la integridad física y moral (no lo olvidemos, también hay occidentales en Guantánamo y en instalaciones similares). 

Más que un status quo, deberíamos preguntarnos si la actual ordenación geoestratégica del mundo no comienza a parecer una especie de nueva mitología que justifica la perpetuación en el poder de unas minorías dominantes cada vez más carentes de argumentos, y más y más alejados de sus propios electores. Se mueven y actúan dentro de sus propias incoherencias, entre su derecho a acceder a toda la información a la vez que se persigue a aquellos que la revelan. Estos decepcionantes nuevos gobiernos tiránicos globales se deben a sus ciudadanos a la vez que los oprimen con un reeditado discurso del terror. 

Se trata de políticas altamente irresponsables, al mismo tiempo, dado que nada puede garantizar que no exploten a largo plazo nuevos conflictos globales. No lo olvidemos, siempre hay un Sarajevo.

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