Esos malditos alemanes… (Daniel Ruelas)

En el futbol es once contra once y siempre gana Alemania. La frase no es mía. Según tengo entendido, la pronunció Gary Lineker hace algunos años. Y el miércoles pasado el Bayern de Munich nos entregó una prueba más. Como si hiciera falta.

Confieso que no soy precisamente un entendido en materia de futbol alemán. Como aficionado mexicano, la Bundersliga, a pesar de su indiscutible calidad, me resulta más bien algo lejana. Acá no llegan muchos ecos de aquellas tierras. Se sigue más la Liga Premier Inglesa, la Serie A Italiana y por supuesto, la Liga BVVA. No obstante, estoy perfectamente consciente de que Alemania ha sido tres veces campeona del mundo y es, hasta la fecha, la selección que más finales ha disputado. Y también sé perfectamente que en Alemania el club más querido y laureado es, sin lugar a dudas, el Bayern de Munich.

El Bayern. Un nombre que trae recuerdos imborrables aún a los que, como yo, somos relativamente neófitos en estos lares. Y es que apenas llevo algo más de quince años siguiendo el futbol. De mi escasa experiencia deduzco que el Bayern ha sido cuna y cima de jugadores de talla mundial. Así a bote pronto, recuerdo a Franz Beckenbauer, a Sepp Maier y a Gerd Muller, columna vertebral del equipo germano que se coronó campeón en 1974. Ya en fechas más recientes, el Bayern, fiel a su costumbre, mantiene en sus filas al núcleo de la selección alemana escoltado por un puñado de jugadores de primer orden.

Ese grupo de titanes asestó hace unos días un golpe demoledor al Barcelona. Los alemanes se pasearon durante 180 minutos y le endosaron un 7-0 incontestable al equipo que ha sido amo, señor y modelo a seguir de los últimos cinco años. Antes de empezar esa serie, ya se escuchaban algunas voces murmurando acerca del mal momento del Barcelona y anunciando un probable fin de ciclo. Suena razonable. Todo tiene un principio y un final y en algún momento, el glorioso brillo que hoy todavía despide el Barcelona tendrá que apagarse. Lo que muchos habían olvidado es que, además de sus problemas, enfrentaba al Bayern. Un Bayern que, a nivel local, anda en plan de aplanadora y pulverizando todos los records habidos y por haber.

Yo no quisiera entrar en polémica, pero insisto: el rival también cuenta. Dicho de otro modo, no es lo mismo enfrentar a un Recre recien ascendido, e incluso a un Sevilla o un Atlético de Madrid, que a un Bayern en plenitud. Con o sin fin de ciclo, está claro que el Bayern simplemente hizo gala de las virtudes que le han hecho grande, a él y al futbol alemán, a lo largo de los años. Esa verticalidad constante, ese perfecto dominio de los tiempos, la admirable capacidad de autodominio, una contundencia a toda prueba y sobretodo, la costumbre de seguir, en cualquier cancha y sean cuales fueren las circunstancias, un ritmo de juego agresivo. Por eso el Bayern-Barcelona resultó uno de esos juegos que quedan en la retina durante un buen rato. Por eso el Barcelona quedó, por primera vez en mucho tiempo, ridiculizado y sumido en la impotencia. A la vista del juego desplegado por el Bayern, no puede menos de exclamar, como hiciera aquel amigo madridista tras la semifinal ante los merengues: ¡Esos malditos alemanes…!. Pues si. Esos malditos alemanes. Otra vez ellos.

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