Entre azul y buenas noches (Daniel Ruelas)

En mi artículo anterior esbocé una crítica a quienes consideran que los dos sexenios panistas fueron la reedición de la Docena Trágica de los setenta. Ahora, para cumplir con mi conciencia y en aras del buen sentido, debo afirmar que el partido blanquiazul padece una severa crisis de identidad.

No pretendo explicar aquí los orígenes o la naturaleza ideológica del Partido Acción Nacional. No poseo ni la edad ni los conocimientos necesarios para hacerlo. Aún así, mi escasa experiencia me permite aseverar sin temor a equivocarme que el PAN fue, durante mucho tiempo, el símbolo de la lucha por la democracia en México. Varias generaciones de mexicanos crecimos con la imagen de respeto y confianza que irradiaban hombres como Castillo Peraza, Clouthier y Fernández de Ceballos. Los comentaristas más sensatos llegaron a bautizar al PAN como el único partido político moderno. Los que para el año 2000 estuvimos en condiciones de votar ciframos nuestras esperanzas en aquel individuo carismático, francote y dicharachero que se llamaba Vicente Fox. Esperanzas de cambio.

Quizá pecamos de optimistas. Porque el PAN se mostró desde un principio errático y desorientado en el ejercicio del poder. El propio Presidente se reveló como un hombre quisquilloso, timorato e indeciso, que se daba a notar más por su incontinencia verbal que por sus acciones. Y los Secretarios de Estado siguieron el ejemplo. Fox escogió un equipo de colaboradores sin colores partidistas, con un curriculum intachable y con buenas intenciones. El problema es que los elegidos carecían de la más elemental malicia, cualidad más que necesaria para poder sobrevivir en un mundo tan complejo como el de la política mexicana. Para decirlo con nuestro estilo, se vieron muy chamacos. Aún recuerdo la puntada que se aventó Jorge Castañeda en el asunto de Fidel Castro o las declaraciones del Secretario del Trabajo en torno a las finísimas féminas mexicanas, declaraciones que, dicho sea de paso, estuvieron aderezadas de un delicioso anacronismo. Les pasó lo que al propio Presidente: no estaban en su terreno. Eran más unos intelectuales de aula que hombres acostumbrados a bregar con la imagen del servidor público. Balance final del sexenio: desencanto e impresión generalizada de que el “Partido del cambio” había hecho mucho menos de lo que estaba en posibilidades de hacer, aunque entregara el país en condiciones económicas aceptables.

Con todo y merced a las circunstancias que todos conocemos, el PAN repitió Presidencia en 2006. Pero la victoria le salio cara. El partido que sencillamente había acusado la novatez, perdió completamente el rumbo bajo la tutela de Felipe Calderón. Si algo distinguió al Presidente fue su absoluta incapacidad para confiar en aquellos que no pertenecieran a su círculo más intimo, aunque la lealtad fuera acompañada de una manifiesta incompetencia para ejecutar las tareas encomendadas. Y los cambios – muchos de ellos por decisiones viscerales – estuvieron a la orden del día. Con la notable excepción del Banco de México, el gabinete fue durante todo el sexenio un sinónimo de inestabilidad.

Pero lo más grave ocurrió al interior del propio partido. Quizá mareado y desgastado por el ejercicio del poder, el PAN acabó por traicionarse a si mismo y se convirtió en una mala copia delas prácticas que con tanta energía condenó en el pasado. Ejemplos sobran. Ahí está el caso de Fernando Larrazabal en Monterrey o de Marco Antonio Adame en Morelos. Amén de los muy discutibles resultados de la gestión calderonista, de la obstinación del Presidente por imponer a un candidato de su agrado, o de la errática y poco novedosa campaña de Josefina Vázquez Mota, coronada por los pleitos fraticidas que han sido el santo y seña desde la aplastante derrota electoral y el retorno del PRI a Los Pinos.

En suma, el PAN se halla hoy desorientado. Desde 2000, dos Presidentes de la República y por lo menos cinco presidentes de partido han desfilado y cada uno, si cabe, ha sido peor que el anterior. El PAN está enfermo de amiguismo, de corrupción, de ligereza. El PAN se parece cada vez más al viejo PRI. Por eso, y solo por eso, la ciudadanía le negó la posibilidad de continuar en la Presidencia que con tanto entusiasmo le había otorgado. La situación es grave y obliga a un profundo examen de conciencia. Hay quien dice que la única alternativa viable es una refundación. Que espero no se convierta en refundición. Por el bien de México.

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