Acotaciones a la Docena Trágica (Daniel Ruelas)

2000-2012. Un periodo que, para muchos, fue un precioso tiempo perdido. La ciudadanía se siente desilusionada, hastiada y castigó a los blanquiazules sacándolos de Los Pinos y permitiendo el regreso del odiado PRI. Las críticas han arreciado. Se ha empezado incluso a usar el término “Docena Trágica” para referirse a estos dos últimos sexenios.

Sin ánimo de ofender, yo pienso que hablar de la “Docena Trágica” resulta exagerado. Quizá vale la pena recordar que la expresión tiene su origen en la “Decena Trágica”, aquel lapso de diez días de febrero de 1913, entre el derrocamiento y el asesinato del presidente Madero, en que el desorden, las ejecuciones y las intrigas estuvieron a la orden del día. Más adelante, la picardía mexicana inventó la expresión “Docena Trágica” para designar el periodo 1970-82, cuando Echeverría y López Portillo se dedicaron a dilapidar los logros del desarrollo estabilizador, derrocharon las finanzas públicas y sumieron al país en una de las peores crisis de su historia reciente.

Ahora la “Docena Trágica” vuelve a estar de moda. Muchos creen que los Gobiernos de Fox y Calderòn no sirvieron de nada, que la alternancia resultó un fracaso y que hoy estamos peor que hace doce años. Yo no estoy de acuerdo. Mas bien creo que lo que le pasó al PAN fue algo casi normal en estas circunstancias: el poder lo desgastó y lo mareó. Creo que el pecado de los dos gobiernos panistas consistió, por una parte, en crear demasiadas expectativas y por otra, en carecer del suficiente colmillo político para llevar a buen término sus gestiones. Me explico. Es de sobra conocida la euforia que se desató aquel 2 de julio del 200. La gente literalmente bailaba de felicidad. Muchos creían que Vicente Fox era el redentor que había bajado al infierno para salvarnos. Nada más falso. En muy poco tiempo el Presidente se reveló como un hombre de carne y hueso, con virtudes y defectos, entre los que se contaba la falta absoluta de decisión para atacar los problemas de fondo. Fox evitó siempre la confrontación directa con la oposición y permitió que, una y otra vez, sus iniciativas fueran sistemáticamente bloqueadas. Resultado: cero. Las reformas estructurales que, según la opinión generalizada, necesita el país para crecer no pasaron. Con Felipe Cslderón la cosa no cambió mucho. De entrada, el Presidente se obcecó en sacar adelante una “guerra contra el narcotráfico” para la que nunca planteó una estrategia y objetivos claros, y que convirtió en su absoluta prioridad. Más allá del descabezamiento de algunos cárteles, el resultado ha sido la espiral de violencia que aún padecemos y que tanto ha desgastado la imagen del país a nivel internacional. Las reformas se destinaron de nuevo al olvido, o se confeccionaron por completo al gusto de los políticos de oposición.

Pero aún así, he dicho y sigo sosteniendo que no me gusta hablar de Docenas Trágicas. Cierto que los dos Presidentes panistas se comportaron como niños con juguete nuevo. Pelearon por el poder y nunca supieron que hacer con él en cuanto lo tuvieron en sus manos. De ahí su falta de liderazgo y oficio políticos. De ahí que, en apariencia, el país haya permanecido estancado. Pero hay un detalle. A nadie se le ocurre que el PAN, pese a todo (y contrariamente a lo que hicieron aquellos dos alegres compadres de la década de los setenta) supo mantener en buen estado las finanzas públicas del país. La taza de pobreza extrema disminuyó durante el sexenio foxista. Con Calderón se avanzó mucho en la cobertura universal en salud, se modernizó gran parte del sistema carretero y las reservas, pese a la crisis, alcanzaron niveles históricos. Dicho de otro modo, el PAN dejó unas bases sobre las que un gobierno audaz y bien orientado puede construir un edificio sólido. No dejó, como la Docena Trágica, un país endeudado y al borde del abismo. Y tampoco hay que olvidar que la parálisis política y la ausencia de reformas importantes no es un pecado exclusivamente panista; data del segundo trienio del Gobierno de Zedillo (1997-2000) y tiene muchos visos de continuar pese al discurso oficial de Peña Nieto. No seamos tan duros. No inventemos Docenas Trágicas. Al PAN hay que reclamarle, si, que pudo haberlo hecho mucho mejor, que el poder lo mareó y que hoy está sumido en una crisis existencial profunda. Merece ser tema de otro artículo.

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