Las buenas intenciones (Daniel Ruelas)

Recuerdo bien aquella tarde calurosa de Guadalajara, en la Feria Internacional del Libro. Aparece en escena un tipo atildado, oloroso, impecable. De esos que acá en México llamamos figurines. Su nombre, Enrique Peña Nieto, y su puesto, suspirante no oficial a la Presidencia de la República.

Al buen Quique le preguntaron algo acerca de literatura, no recuerdo bien el qué. Lo que si recuerdo es que al contestar regó el tepache y le llovió sobre mojado. El mismísimo Carlos Fuentes le dirigió críticas muy severas. La percepción generalizada era que se trataba de un tipo sin la formación y sin la capacidad necesaria para gobernar el país.

Pero he aquí que por azares de la política y algunas cosas más, ese figurín ejerce ahora la Primera Magistratura. Y yo considero que su comportamiento ha sido más bien curioso. Puede que por conveniencia, puede que por simple morbo o por poseer virtudes desconocidas hasta entonces, el caso es que el tipo se ha empeñado en borrar ese infausto recuerdo y en acallar las críticas con la seguidilla de acciones que ha emprendido en cuatro meses escasos de gobierno. Menciono tres: el Pacto por México, la aprehensión de Elba Esther Gordillo y la reforma de Telecomunicaciones. Merece la pena detenerse un poco en cada una de ellas.

Del Pacto por México poco tengo que decir. La verdad es que en un país que siente urticaria por el trabajo en equipo, el haber sentado a la misma mesa a los representantes de las tres principales fuerzas políticas para redactar un acuerdo por escrito tiene su mérito. Es un hecho sin precedente en la historia moderna del país. Aplaudo y admiro la capacidad de Peña para lograrlo, pero al mismo tiempo, considero que el fijarse 95 objetivos por cumplir en un periodo no mayor a 36 meses es un poco demasiado ambicioso. Visto de ese modo, el asunto adquiere tintes de promesa política incumplible, de esas que eran el santo y seña del PRI de antaño.

El caso Elba Esther es más complejo. Un personaje despreciable, que condensa en sí mismo muchos de los obstáculos que encara el México de hoy. Su ambición y su cinismo hacían de ella uno de los seres más odiados de la escena política nacional. Amén de que, para gran parte de la opinión pública, representaba el ala más rancia del más rancio priismo. Se necesitaba ser valiente para derribarla del pedestal al que los 4 gobiernos anteriores la fueron elevando, y creo que es sensato felicitar a Peña por haber dado ese paso. Pero el resultado práctico está aún por verse. Las movilizaciones de la CNTE en Oaxaca y Michoacán a últimas fechas llevan incluso a pensar que acaso la maestra no era el verdadero enemigo.

Con la reforma de telecomunicaciones sucede algo parecido. El planteamiento suena bien, pero en la realidad el proyecto, si bien de modo sutil, está ya topando con pared en las diversas comisiones legislativas encargadas de su estudio y aprobación.

Dicho de otro modo y por todo lo expuesto, yo tengo mis dudas sobre la supuesta eficacia del Gobierno de Peña. No es que me desagrade del todo. Reconozco su buena voluntad, y la decisión de enfrentar problemas que habían permanecido largo tiempo ignorados. Pero no acaba de convencerme. No sé si es todo una cortina de humo o si, por ejemplo, el Presidente está de veras dispuesto a acabar con el duopolio televisivo y abrir la competencia, si está dispuesto a acabar con el andamiaje de gremios sindicalizados que sirvió de andamiaje al viejo PRI (remember Romero Deschamps y Gómez Urrutia) o si las 95 tesis del Pacto por México son proyectos realistas y realizables. Sea como fuere, yo espero que todo esto se traduzca en resultados prácticos. Porque de otro modo el proyecto peñista está destinado a convertirse en un cúmulo de buenas intenciones. Y ya se sabe que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. Abusado, mi buen Gel Boy.

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