El teatro del Absurdo (Daniel Ruelas)

No cabe duda: México, para bien y para mal, es único. Alguna vez he manifestado mi más profunda admiración por nuestra rica historia, por nuestra calidez y por nuestras costumbres culinarias, elevadas desde hace siglos a la categoría de arte. Creo que, en aras de la objetividad, hay que repartir parejo y hablar un poco de nuestra asombrosa capacidad de producir y reproducir situaciones absurdas, esas que – según la picaresca sabiduría popular – son exlusivamente made in México.

Veamos. En los últimos días, en una charla de café, me vengo a enterar de que la Suprema Corte de Justicia ha decidido declarar acto delictivo el dirigirse a una persona llamándole “puñal” y “maricón”, dos palabras de matiz muy mexicano que aluden a la homosexualidad. Todo esto a raíz de la demanda de un indignado ciudadano que, según sus propias palabras, se sintió “ofendido” y “sobajado” cuando alguno se dirigió a él en esos términos.

De veras que a este asunto no hay ni por donde entrarle. No quiero meterme a fondo en el tema de si los homosexuales son bien vistos o no en México. Lo que si quiero dejar sentado es que tengo la suficiente experiencia como para afirmar que, en los tiempos que corren, nuestra sociedad tiende a aceptar con naturalidad a aquellas personas que son diferentes y que la fama de intolerantes que nos cargamos es más un mito que un hecho probado. Y lo afirmo con conocimiento de causa, pues sufro de una limitación física y casi nunca he tenido que enfrentar situaciones embarazosas a causa de ella.

Hecha esta aclaración, paso a formular las dos preguntas que me corroen desde hace días ¿se le ocurrió a nuestro ilustre paisano que en México tenemos mil y un maneras de nombrar a las cosas que producen morbo, como los homosexuales y el sexo? Quizá pueda presentar una demanda si le llaman puñal o maricón, pero ¿ Que va a hacer si alguien le llama con el mexicanísimo “puto”? Y que conste que la lista es larga. Puto, joto, marisco, volteado, chueco y muerdealmohadas son solo algunas de las formas que siguen estando vigentes. Se me hace que este manito no va a parar de sufrir.

Para la Corte ¿Va en serio esta dichosa ley? Yo lo dudo. Más allá de que en México acostumbramos acatar las leyes cuando y cómo nos da la gana, se me ocurre que no hay poder humano capaz de impedirle a un mexicano promedio pronunciar la palabra “maricón” al menos tres veces al día. En distintos tonos, en distintos contextos, es una compañera inseparable de nuestro lenguiaje cotidiano. Prohibir su uso sería atentar contra un elemento básico de la idiosincracia mexicana; equivaldría casi a prohibir el albur y mucho me temo que eso es sencillamente imposible. Hablando en serio, yo diría que la Corte debe escoger entre revocar la ley o de plano meter diariamente en prisión a 100 millones de mexicanos. Esto último lo veo un poco dificil, pues dicen por ahí que el sistema penitenciario es obsoleto e insuficiente. Tons?

Y que conste. Nomás se los dejo de tarea. Yo soy un buen ciudadano y me preocupa que la ley se cumpla. Por cierto, una pregunta más para la Corte ¿Y los problemas serios del país, apá?

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