El último que apague la luz. Luisa Marco Sola

Atravesamos tiempos absurdos, no hay duda. Hemos normalizado anomalías como que entidades financieras privadas arrastren a la quiebra a los estados en cuyos territorios operaban. Hemos recobrado ese paternalismo padre de todos los abusos que asumía que el trabajador debía estar agradecido a su patrón por darle un empleo. Creemos que la democracia ya no nos puede representar, porque la corrupción es un mal tan extendido que no tiene solución.
Y esta situación tiene visos de prolongarse si no logramos reaccionar. A día de hoy, muy pocos de nosotros aconsejaríamos a nuestros menores estudiar una carrera universitaria como una inversión en un futuro mejor. Ya ni decir de un Máster, un Doctorado o un MBA. Seria incluso un estudio irónicamente interesantemente averiguar cuántos jóvenes subalternos tienen más titulación (y conocimientos) que sus superiores. O de cuántos han visto frustradas sus aspiraciones ante la atrofia de unas redes clientelares tan tupidas que no permiten el paso al más mínimo rayo de esperanza.
La idea de que los estudios crear ciudadanos críticos resulta, inesperadamente, un pensamiento insoportablemente burgués en unos tiempos en que la prioridad vuelve a ser simplemente asegurar un sustento. Primero pagar techo y alimentos, y luego, en todo caso, nos podremos plantear filigranas ideológicas, podrían decir hoy muchos españoles.
Con esta lógica, y dentro de una estrategia demasiado perversa para no ser intencionada, a la presente generación llamada “perdida”, aunque más bien diríamos estrangulada, puede suceder una generación nada formada y desideologizada. Tras los dóciles accidentales que hemos sido, llegaran los dóciles estructurales, sin posibilidad remota de mejora.
Al mismo tiempo, al drama de aquellas familias que no logran lo mínimo para preservar un techo -denunciado a diario, aunque nunca lo suficiente- se une el de aquellas condenadas a dedicar la totalidad de sus días, sus semanas, sus vidas enteras, a lograr únicamente unos mínimos de subsistencia, sin espacio posible para sueños, aspiraciones o nada más allá de esta nueva esclavitud moderna.
Presenciamos igualmente el fracaso de la propia ciencia económica como tal. Incapaz de ofrecer soluciones para reducir el déficit aumentando los ingresos u optimizando la inversión sólo plantea recortes en las plantillas de trabajadores tanto a nivel empresarial como gubernamental. Además de un fracaso a nivel teórico, es una táctica que encubre una ideología nada inocente: los trabajadores como coste, como inversión a fondo perdido, como peso muerto, y no como valor.
Se intuye además que, de seguir adelante los recortes sociales y aunque la tiranía de lo políticamente correcto -irónicamente- no nos permita decirlo, es cuestión de tiempo que inmigrantes sin papeles y ciudadanos españoles sin recursos empiecen a morir por no poder acceder a tratamientos e intervenciones. Darwinismo social en estado puro.
Simultáneamente, el descrédito tanto de los partidos políticos como de los sindicatos ha obrado el notable milagro de dejar a la masa social sin aquellos que podían articular la protesta. Parece generalizarse la sensación de que hay mucho contra lo que protestar pero nada por lo que luchar en esta sociedad gangrenada por la corrupción y la falta de ética. Ni siquiera queda claro si se trata de un fracaso del capitalismo o muy al contrario, su triunfo más devastador.
Resulta sorprendente incluso que más que indignados no nos mostremos iracundos. Queda la fe en que de la propia ira nazca el cambio que necesitamos.

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