Cuando los que hacen las leyes no las cumplen -Luisa Marco Sola-

Debe ser mi desconocimiento en lo relativo a tributación, pero juraría que en la declaración de la renta no se incluía el dinero negro. Doy gracias por no pertenecer a ese florido grupo de personas que reciben sobres llenos de billetes, porque llevaría toda mi vida laboral calculando mal mis impuestos.
Fuera de sarcasmos, que Mariano Rajoy comparta su renta con todos nosotros no tranquiliza. Ni a mi ni a nadie. O por lo menos a nadie en pleno uso de sus facultades mentales. Más bien arrastra un tono de burla al prójimo que reafirma la impresión generalizada de que nuestros políticos se sintieron, se han sentido y se siguen sintiendo por encima de la ley, la ética, la lógica, el bien, el mal y la ciudadanía para la que juraron trabajar.
La contabilidad manuscrita en una libreta del señor Bárcenas tiene un tufo de cutrez siciliana que remite más a la España de Alfredo Landa que a un país que se vanagloria de pertenecer a Europa. O quizá lo que ha hecho ha sido sacarnos a patadas de la ensoñación para estamparnos con el hecho de que formamos parte de un país que nos avergüenza como seres humanos desarrollados. No es de extrañar que Cataluña quiera huir de España, o Reino Unido de Europa, si hasta dan ganar de huir de uno mismo para no tener que presenciar tanta degradación.
Para mayor escarnio, el “Barcenasgate” estalla con la totalidad de los partidos enzarzados en un patético “pues tú más” ante la imposibilidad de poder mostrar sus manos limpias. Y es que lo ocurrido con la financiación ilegal de UDC es otra gota más en un vaso ya colmado. Al imperdonable retraso judicial en dilucidar los hechos se une la rocambolesca explicación ofrecida por UDC, beneficiario de los fondos aunque presuntamente ignorante de toda la trama. Viene a añadirse a la larga retaíla de casos de corrupción que han ido dejando al descubierto la verdadera naturaleza de nuestra clase política. Todavía colean el Caso Filesa -PSOE-, la trama Gürtel -PP- o el caso Palau -Convergencia y Unión-, aunque sólo son una mínima muestra de un panorama desolador.
En una insostenible mayoría de las ocasiones la presunción de inocencia y la lentitud del sistema judicial se alían para permitirles seguir ejerciendo durante años tras destaparse las irregularidades. Una vez finalizado el juicio y demostrada su culpabilidad, la laxitud de las penas y los frecuentes indultos concedidos por el gobierno de turno a los implicados contribuyen a la sensación general de impunidad.
La degradación de la democracia que estamos presenciando no es de una gravedad menor. Y deberíamos por ello actuar con la mayor contundencia contra estos “profesionales de la democracia” (que es lo que deberían ser los políticos) que con sus bajezas contaminan nuestro propio sistema de gobierno. El desencanto ante la política puede dar lugar a simpatizar con soluciones autoritarias y populistas y nuestros políticos deberían ser conscientes de ello.
Por otro lado, no se trata de un tema colateral a la crisis que sufrimos. Es su origen. Ha sido esta corrupción la que ha esquilmado nuestros organismos públicos, ha sido la endogamia (otra forma de corrupción) la que ha dejado los organismos reguladores incapaces de imponer una ética, ha sido la corrupción la que nos ha llevado a donde nos encontramos, en síntesis.
Durante los años de la euforia financiera la abundancia de los flujos financieros, la facilidad con que el dinero corría de bolsillo en bolsillo obraron el notable milagro de tejer una bruma que hizo invisible la realidad. Ahora, al descender el nivel de las aguas, han aflorado los escombros que reposaban en el fondo. Al interrumpirse la inyección de capitales ha salido a la luz la corrupción que se agarraba a las entrañas de nuestra sociedad, convirtiéndola en una enferma terminal.
No son cuestiones de menor importancia. Se trata de una situación de extrema gravedad. La crisis ha dejado a la luz el hecho de que hace ya tiempo que España puede ser considerada muchas cosas pero nunca una democracia.

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