Mirar antes de cruzar (Luisa Marco Sola)

La victoria de François Hollande, hombre fuerte en la sombra del socialismo francés,  abriga una importancia fundamental para la mermada presencia de la izquierda en los gobiernos europeos. Con ello, apenas cuatro países (Francia, Bélgica, Austria y Eslovaquia) han apostado por el socialismo para regirlos. Frente a ellos, gobierna la derecha en Portugal, España, Irlanda, Gran Bretaña, Holanda, Alemania, República Checa, Polonia, Suecia, Finlandia,  Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Hungría, Rumanía y Bulgaria. Queda todavía por decidir la suerte de Grecia, protagonista a su pesar de las preocupaciones del viejo continente.

Sin embargo, más interesante que esta nueva partición del pastel es el auge en el vecino galo de las posturas de ultraderecha. Marine Le-Pen, digna heredera de su padre, lograba en la primera vuelta de las elecciones en Francia un 17.9 % de los sufragios. Aspira incluso a liderar la derecha francesa tras la estrepitosa caída de Nicolás Sarkozy. Liberté, egalité, fraternité , pero con restricciones.

Simultáneamente y con un discurso semejante (aunque con una estética abiertamente neonazi) Aurora Dorada lograba en las pasadas elecciones en Grecia un 7% de los votos. Y, con ello, 21 escaños.

No es algo nuevo, ya en el 2000 Haider entraba en el gobierno austriaco.  A día de hoy y tras su fallecimiento, su sucesor Heinz-Christian Strache sigue su estela con resultados más que reseñables. En 2010 en Holanda el Partido para la Libertad de Geert Wilders lograba la tercera plaza en la carrera electoral y ejercía de bisagra necesaria para lograr la gobernabilidad.  Será fundamental en las próximas elecciones para las que su consigna es abiertamente la xenofobia.  En la vecina Bélgica, también en 2010, el Vlaams Belang alcanzaba el 7 % de los votos. En Dinamarca el Partido Popular de Pia Kjaersgaard es la tercera fuerza política, con posturas muy similares.

Más al norte, El Partido de los Auténticos Finlandeses lograba en enero el 9,4 % en las legislativas. Por su parte, el noruego Partido del Progreso ha perdido posiciones después de que los atentados de Anders Breivik azotaran la conciencia de los noruegos. Sigue siendo una fuerza a tener en cuenta, no obstante.

Con todo ello presente, no  sería serio caer en un alarmismo innecesario. No hace falta decir que nos hallamos a años luz de la coyuntura que propició el ascenso al poder del Partido Nazi en Alemania. Bien es cierto que en aquél momento la tasa de paro rondaba el 30% de la población activa (6 millones de parados), cifra similar al 24, 44% que soporta hoy España, y que las medidas de reducción del gasto público contrajeron la demanda y pesaron especialmente sobre las clases medias.  La coyuntura internacional así como la social se encuentran en puntos muy diferentes, sin embargo.

Ello no impide que la realidad actual en Europa deba  ser mirada con preocupación. Es urgente que la clase política recupere la legitimidad perdida. Allí donde confluyen crisis económica,  descrédito de las instituciones democráticas y xenofobia es un terreno pantanoso  donde debemos evitar adentrarnos.

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