De copeteadas y otras nimiedades (Daniel Ruelas)

¡Hoy!  Si, hoy llegó el momento de ocuparme de mi candidato preferido: el inefable, el indestructible, el siempre bien peinado Enrique Peña Nieto. Comienzo por declarar que tampoco él me inspira confianza. Si Josefina me provoca serias dudas y AMLO se hace acreedor a mi rechazo, Peña Nieto me pruduce una especie de urticaria. No me resulta fácil aceptar que un individuo que ha demostrado tener más pinta de galán de telenovela que de político serio, quiera ser presidente de México. Por añadidura, ese figurín viene postulado por el PRI. Eso me preocupa y mucho.

Vamos por partes. No crean que yo soy de los que piensan que el retorno del PRI por el dedo de Dios se escribió y que el retorno del PRI significa automáticamente la ruina y la perdición para México. Esta es, a mi parecer, una visión simplista y poco razonada. Al PRI se le deben la mayor parte de las instituciones que hoy tenemos; se le deben también la relativa estabilidad política y económica que desde 1930 ha caracterizado nuestra historia. Muy especialmente, al PRI hay que reconocerle que, en sus tres últimos mandatos, tomó medidas que permiten que hoy México esté en condiciones reales de tranformarse en un país moderno. En contraparte, si podemos reclamarle al PRI el “sistema perfecto” a través del cual logró mantenerse en el poder durante siete decenios. El sindicalismo, la corrupción, y el clientelismo político, que todavía hoy constituyen obstáculos formidables en el camino a la modernidad. Le podemos reclamar su absurda decisión de aferrarse al poder en 1988 y el empeño que ha mostrado desde el 2000 por ir a contracorriente de la historia y negarse a dar, desde la oposición,  los pasos necesarios para el progreso de México. Si quieren saber mi opinión, diré que el PRI lo hizo bien, pero lo pudo hacer mucho mejor. Tanto en el poder como desde abajo, el problema del PRI no fue tanto lo que hizo, sino lo que dejó de hacer.

A lo que quiero llegar es que el retorno del PRI en si mismo no tiene por qué ser una mala noticia. Al contrario. La alternancia en el poder es un signo universal de madurez democrática. Más aún, en las circunstancias actuales, sería casi una consecuencia natural del gris desempeño de Acción Nacional en este último sexenio.  No me preocupa el regreso del PRI. Si me preocupa, y mucho, que el PRI no ha mostrado capacidad ni voluntad para ponerse al día. Yo quisiera creer que Peña Nieto representa a ese partido renovado y con visión que los mexicanos necesitamos desde hace años. Y cuando veo a un político que, más allá de estar siempre trajeado y ser atractivo físicamente, es incapaz de expresarse con coherencia, que se escuda en las frases hechas y en los discursos memorizados, que necesita guiones y apuntadores para no mostrarse vulnerable, que se siente cómodo sólo cuando es cobijado por sus incondicionales y que rehúye los debates en terreno neutral, (que le obligarían a apartarse de un plan preconcebido), no puedo sentirme confiado. Pienso que ese hombre no está en condiciones de formular propuestas y soluciones concretas a los complejos problemas que día a día se manifiestan en nuestra realidad. Pienso que ese hombre no puede tener la capacidad de gobernar mi pais. Pienso que ese hombre, en definitiva, representa la peor cara del PRI, que tras su apariencia impecable manifiesta, como virtud suprema, el amor al poder por el poder mismo. Ojalá me equivoque.

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