Un agricultor sin cosecha (Daniel Ruelas)

El mensaje claro. La sentencia irrevocable, lapidaria, contundente. No permitiremos que el país se nos deshaga en las manos.Así habló Miguel de la Madrid Hurtado el día de su toma de posesión, en 1982. Y no era para menos. La situación en México se hacía insostenible. La inflación galopante y el desempleo cundían por doquier. El tipo de cambio se había disparado a las nubes y la deuda externa alcanzaba proporciones estratosféricas. Para colmo, en un acto de suma irresponsabilidad, López Portillo había decretado, justo antes de entregar el poder, la estatización de la banca. La impresión generalizada era que el país se caía a pedazos.

Se necesitaba un hombre decidido y centrado para reencauzar a México y salvarlo del desastre. Y Miguel de la Madrid no falló. Apoyado en un gabinete capaz, supo conducirse con austeridad y prudencia. Tuvo la visión para desoir los planteamientos del “nacionalismo revolucionario” que tan funestos resultados le había dado al país. De manera sutil y constante, fue desarticulando el engranaje del viejo sistema. Devolvió gran parte del poder económico a la iniciativa privada. Multitud de empresas ineficientes que gravavan sobre el erario cerraron sus puertas, De la mano de su decidido secretario de Hacienda, supo renegociar la deuda y equilibrar, poco a poco, las deterioradas finanzas nacionales. No fue tarea fácil: al entregar el poder, en 1988, la bestía inflacionaria apenas estaba empezando a ser dominada. La economía permanecía estancada y el futuro del país se anunciaba sombrio.

Ningún otro Presidente de la historia moderna de México ha sido tan cuestionado. Hay quienes le reprochan el total estancamiento que caracterizó su sexenio. Ciertamente, así fue. La tasa de crecimiento promedio fue inferior al 1%. Miguel de la Madrid, no cabe duda, fue un agricultor cuya cosecha no rindió frutos visibles. Pero su grán mérito fue precisamente entender sus circuntancias y aceptar que su tarea no era recolectar la cosecha, sino detener la plaga y asegurarse de abonar el suelo que otros aprovacharían. En un contexto particularmente desfavorable – agravado por desastres naturales como el terremoto de 1985 y el huracán Gilberto de 1987- Miguel de la Madrid tuvio los arrestos para dar el golpe de timón que señaló un definitivo cambio de rumbo. Supo saltar por encima de las tradiciones e iniciar el proceso, lento pero constante, que permitió a México entrar en condiciones aceptables al Siglo XXI.  Para bien y para mal, el México de hoy dificilmente puede entenderse si no se toma en cuenta el trabajo de Miguel de la Madrid. Por eso pienso que el homenaje que se le tributó el 2 de abril es algo más que un acto de civilidad política: es, debe ser, una muy necesaria manifestación de gratitud. Descanse en paz.

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