El país de la Mezquita Azul (Daniel Ruelas)

Para Luisa, esperando que sea la primera de tantas experiencias por compartir y disfrutar

Érase una vez una ciudad enorme, atestada de coches que se mueven sin ton ni son, y cuyos barrios presentan un trazado más bien caótico. Una ciudad donde la gente no tiene la menor noción de orden a la hora de desplazarse, y en la que un acto tan simple como atrevesar una calle puede resultar una aventura. No es raro ver a transeúntes nativos “dirigir” el tránsito y esquivar coches en zigzag. Tampoco faltan los taxistas despistados; recuerdo a uno que no sabia donde estaba mi hotel y se dio tiempo para visitar dos continentes tratando de  localizarlo. Eso si, el hombre preguntaba con mucho interés la dirección a todo el que quisiera escucharlo. Recuerdo también a un vendedor de especias que me ofrecía el té gratis, con la condición de que luego llevara tres bolsas, las que él me recomendara. Y una recepcionista, guapa ella, que me cobró un mapa que era “de cortesía” porque esa cortesia correspondía solo al hotel y no a los empleados.  La gente de este país posee, no cabe duda, un sentido práctico muy desarrollado.

He de confesar que nunca me he sentido tan inseguro como en esta ciudad. Las calles están sucias y llenas de baches, y el tráfico es tan denso que se hace imposible caminar con tranquilidad. La gente parece andar siempre con prisas, y los conductores parecen empeñados en jugar a los carros chocones. La ausencia total de semáforos no contribuye en gran medida a resolver este problema.

Esa fue mi primera impresión de Estambul y confieso que duró los cinco dias que ahí estuve. Pero lo más curioso es que no importa lo más mínimo. Porque visitar Estambul es estresante, pero es también una oportunidad para detenerse en el tiempo y percibir las huellas que ha dejado la historia. Es visitar el Palacio de Topkapi, refugio de emperadores bizantinos, de sultanes y de reliquias sagradas del Islam. Es admirar la belleza de Santa Sofía, cuya inmensa cúpula parece un tapizado de alfombras persas. Es entrar en la Mezquita Azul y comprobar que los musulmanes también saben alabar a Dios a través del arte. O subirse al mirador del café de Pierre Lotti y contemplar desde allí a la naturaleza uniendo dos continentes. E ir a la Torre de Gálata para avistar, allá a lo lejos, a los barcos de la Armada Turca que parecen aprestarse a repetir la hazaña de 1453. Es recorrer las antiguas murallas, y sentir, todavía, a los cristianos alistándose para la defensa. Es darse una vuelta por el Gran Bazar y probar las famosas delicias turcas, para luego comprar un rebozo, una alfombra o una pieza de porcelana. Y es percibir, en la gente, al país que supo cambiar. que supo creer en la tolerancia para entrar de lleno en el mundo del siglo XX. Ante todo porque, en toda clase de edificios públicos, desde los comercios hasta la sala de llegada del Aeropuerto, se exhibe el retrato del hombre que hizo posible ese cambio.

Estambul es también un himno al paladar y a lo que nosotros entendemos por exótico. Ahí están por doquier los kebabs asándose y girando, con su salsa de yogur al lado. Ahí está el café turco, hecho de grano molido, y los inmensos pasteles que enamoran al turista desde las vitrinas de Istiklal. O el cordero asado con nueces y almendras, la sopa de tomate y la pasta de dátiles que aquí se llama baklava. O el ayran, esa bebida tan refrescante hecha de yogur con sal. Sin olvidar, claro, las mil, y un especias que adornan la cocina turca, y que aún hoy se venden en el mercado egipcio, al más puro estilo oriental, frente al barrio de Gálata…..

Por todo lo dicho, y pese a la primera impresión, no me arrepiento. Vale la pena esquivar coches, transportes colectivos, turistas y transeúntes, y sentir un poco de cerca la buena religión islámica, esa que predica el bien por encima de todas las cosas. Vale la pena, al pasear, escuchar la entonación tan curiosa de las llamadas a orar, y observar a los trabajadores de todas clases hacer las abluciones vespertinas. Vale la pena incluso compartir un rato de oración y enteder que para musulmanes y cristianos solo hay un Dios. Vale la pena emprender un recorrido por la ciudad y sentir que la aventura se extiende por 17 siglos. Vale la pena observar y disfrutar las huellas que han dejado grandes culturas, desde las antiguas murallas bizantinas hasta la genovesa Torre de Gálata, pasando por las mezquitas mulsumanas y el republicano Palacio de Dolmabahce. Vale la pena degustar esos manjares exóticos tan sazonados y descubrir que los mexicanos, acaso sin querer, heredamos – y mejoramos- algunos. Vale la pena disfrutar de un buen café con grano molido y un buen kebab mientras se observa el incesante tráfico de Istiklal. Vale la pena sentir que esta ciudad que en griego moderno se llama todavía Constantinopla conecta dos continentes como ha conectado a tantos pueblos a lo largo de la Historia. Vale la pena, si señor

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