La espada de terciopelo (Daniel Ruelas)

Confieso que yo lo ignoraba por completo hasta hace un par de días, pero resulta que el 2 de julio es una fecha altamente significativa para México. Algún distraído pensará que me refiero al “histórico” cambio de Gobierno que tuvo lugar en el año 2000, pero ese es un detalle muy menor. Además de que, a 15 años de distancia, cabe preguntarse seriamente si de verdad ese suceso tuvo algo de histórico.

A mi juicio, es mucho más importante el aniversario luctuoso de Porfirio Díaz, que también se celebra en 2 de julio y que es algo que, como he dicho antes, la gran mayoría de los mexicanos ignora. No sorprende. Porfirio Díaz es uno de esos personajes discutidos, denostados y condenados al basurero de la Historia por la crónica oficialista, esa que durante tantos y tantos años ha escrito los libros de texto con que se imparte la educación primaria en México.

Según esta versión, Porfirio Diaz es el prototipo de dictador autoritario y enfermo de poder, que durante casi 40 años mantuvo los privilegios de unos cuantos a costa de sumir en la miseria a la gran mayoría de la población, y que fue derrocado por una Revolución cargada de ideales justos, que impuso un nuevo orden y llevó a México al progreso y la prosperidad.

Tal y como suele suceder, al menos en México, la historia de Díaz está cargada de medias verdades adornadas con tintes maniqueos. Ese ha sido el pecado y pecado grande, de los historiadores que tal vez, emanaron del sistema político que se instauró con la Revolución y que con sus atenuantes y acotaciones, sobrevive hasta nuestros días. Según ellos, no caben medias tintas: los malos tienen que ser muy malos y los buenos muy buenos. Claro, los buenos son los héroes de la Independencia y la Revolución, los paladines de la Reforma y los malos, los enemigos de éstos. Esta manera de ver la historia peca cuando menos de incompleta, porque deshumaniza e idealiza a hombres que, como todos nosotros, tuvieron luces y sombras, aciertos y errores.

El caso de Porfirio DÍaz es paradigmático. Pertenece, como queda dicho, al bando de los villanos. Pero creo que, en su 100 aniversario luctuoso, se merece que revisemos su historia desapasionadamente, sin ánimo de incordio, sino simplemente, de curiosidad intelectual. Comencemos por lo evidente. Es un hecho que el hombre tuvo defectos y cometió errores. Quien diga que Díaz fue un dictador, posiblemente está en lo cierto: se mantuvo en la Presidencia 34 años, y algunas de sus frases (“Mátenlos en caliente” “Este pollo quiere su maiz”) han pasado a formar parte de la leyenda urbana y el habla coloquial en México. De esas frases viene una que igual ha hecho época y que me gusta mucho: “Fusílenlos y después viriguen”. SI, Diaz fue un hombre que se mantuvo en el poder durante un lapso prolongado, y que lo ejerció con eso que suele llamarse mano dura.

Pero también es cierto que ha menudo se olvidan las muchas e innegables cualidades de Díaz:  su brillante carrera militar en la época de la intervención (que le permitió llegar a la Presidencia) y la visión de Estado que  mostró al “afrencesar” el país, activar la economía y generar, si, prosperidad, aunque nos cueste admitirlo. Porfirio Díaz hizo lo posible por introducir a México en la modernidad de finales del Siglo XIX: construyó una red ferroviaria, reformó la administración pública, tomó medidas para combatir el bandidaje y con ello incrementó el comercio, la producción, y la seguridad. Era un hombre que tenía una visión clara de hacía donde debía ir el México de su tiempo: de acuerdo a su criterio, tenía que parecerse a Europa y concretamente, a la Francia de aquella época. He visto cifras que prueban que el estado de la economía nacional creció bastante durante su gobierno.

Desde luego que tuvo mano dura al ejercer el poder, pero eso puede explicarse – si bien no justificarse – a la luz de las circunstancias de su tiempo. Quizá Diaz en algún momento se excedió, pero la mano dura era necesaria en un país que hasta antes de él (hasta 1876) no había conocido más que la anarquía política y social. Había que ser decidido para asegurar una estabilidad política que a su vez, asegurara la estabilidad económica. El haber entendido esa circunstancia y haberla llevado a la práctica constituye un gran mérito del oaxaqueño. Su peor error fue el que siempre comenten los grandes hombres de Estado: no saber retirarse cuando tuvo que hacerlo, y no haber entendido que muchas veces, la política no es sino el reflejo de la evolución de una sociedad. Hoy, a 100 años de su muerte, Porfirio Diaz se sentiría hondamente preocupado si supiera que los gobiernos – o los sistemas de gobierno – que lo derrocaron han echado al olvido algunas de sus virtudes y si han reproducido y recrudecido, muchos de sus peores vicios. Es que los mexicanos no aprendemos de nuestra historia. Y eso se debe principalmente a que nuestra historia está muy mal contada.

TRAS EL INCENDIO. Luisa Marco Sola

“-Se han dado un festín y os han dejado los huesos-” Tan claro y tan rotundo retrataba el padre de Glauco, protagonista de Un padre infiel, el fracaso existencial de su hijo, su desazón, su vacío, que es el vacío de una generación entera que jugó durante años siguiendo las reglas del juego y repentinamente descubrió el engaño del trilero.
El ajuste de cuentas generacional toma la forma hoy de voto de castigo a los viejos políticos. Y de triunfo aplastante de iniciativas ciudadanas varias no siempre jóvenes pero sí nuevas. Alejadas de lo viejo, críticas, renovadoras, al menos por ahora.
El balance es altamente positivo, sin embargo. Mientras otros países de nuestro entorno abrían la puerta a soluciones de ultraderecha, en España ni tan siquiera han aparecido en escena. La apuesta por el cambio recorre un amplio espectro desde el centro a la izquierda.

Llega el momento de derribar los viejos totems. Hoy comienza una segunda Transición. Respetuosa con la primera, agradecida con ella, que nos dio la democracia, pero consciente de que la sociedad española tiene un camino por andar.

Han sido treinta años de estabilidad institucional, de contención, de alejar el fantasma guerracivilista. Ha sido un ciclo entero, culminado con éxito, de consolidación democrática. De fe ya no sólo en una forma de gobierno sino en el propio ser español, alejado por fin de la naturaleza sangrienta que se le achacaba. Ahora que ya no se escucha el ruido de sables, ahora que la democracia como forma de gobierno es irreversible, queremos una mejor democracia.
Aquellos que no se retiraron a tiempo una vez cumplida la misión, se han ido convirtiendo en fósiles paleolíticos de un sistema al que ya no pueden servir. Su sola permanencia, aferrados a coyunturas sin reparar en el fondo ha vaciado de contenido a los ojos de mucho la propia democracia. Ésta, cuestionada y encarada a sus propias limitaciones, vuelve a ser repensada ahora ya por una generación diferente. Se trata de retomar el fondo, el contenido, las ideas como motor del cambio y la participación ciudadana como única herramienta posible para esta evolución.
Pero si alguien piensa el tiempo que comienza hoy en términos municipales y autonómicos, se equivoca. Desde hoy, todo se hace y se piensa en parámetros de elecciones generales.

Las decisiones que se tomarán en los próximos días cobran dimensión histórica. Y la estrategia a seguir pasará factura a todos. ¿Perdonará un votante del PSOE que éste no pacte para despojar al PP de la alcaldía de Madrid? Pero, ¿le perdonará que sí lo haga? ¿Perdonará el votante de Podemos a estos que se alíen con los partidos de siempre para ganar cuotas de poder? ¿Pueden las diferentes iniciativas ciudadanas identificarse claramente con una marca política nacional? ¿Deben hacerlo? ¿Cuál ha de ser el papel de Ciudadanos en las alianzas? ¿Y el de los nacionalismos periféricos?

Comienza un nuevo tiempo político apasionante. El carácter experimental que sus propios votantes otorgan a los nuevos partidos ha quedado claro en la forma en que el voto para las autonómicas ha resultado más conservador que el de las municipales. Queda la expectación y, quién sabe, quizá la esperanza.

De otro tiempo y hacia otro tiempo. Luisa Marco Sola

La conmemoración del 36 aniversario de la Constitución ha pasado demasiado de puntillas por el tema principal, la necesaria reforma de un texto agotado. Tenemos una enorme deuda de gratitud con esta constitución y sus autores, qué duda cabe. Pero sería negligente no asumir que nuestra carta magna ha sido no sólo la constitución de la Transición sino una constitución de transición en si misma.
Y en ese aspecto ha resultado un rotundo éxito. La Constitución de 1978 se entretejió con un propósito claro, sólido y específico: asegurar la democracia en España. Esta esencia queda contenida en el Título Preliminar, en el cual los principios generales, los derechos fundamentales, establecen la razón de ser tanto de la propia carta magna como del Estado que delinea: “La libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.
La cuestión catalana puede jugar en este tablero la notable virtud de poner al descubierto el agotamiento del texto en muchos otros aspectos. Sin embargo, la interpretación que se está haciendo de las relaciones históricas entre el nacionalismo y el Estado por los actores de la polémica parte de conceptos distorsionados y equívocos. Y es que olvidan las profundas negociaciones y renuncias por ambas partes que han marcado el paso de la relación entre el Estado central y los nacionalismos históricos.
En el debate conducente a la redacción de la carta, cuyos inicios incluso podríamos remontar a los primeros contactos entre la disidencia al Régimen Franquista a finales de los años 50, los nacionalismos periféricos reclamaron un reconocimiento como realidad diferenciada que ya les había otorgado la II República. La República significaba en aquel momento para el imaginario nacionalista la Edad de Oro a la que volver tras años de oscuridad, tras el frío invierno que había supuesto para todos ellos la dictadura de Franco.
Aunque se trataba de un recuerdo parcial e idealizado a través del empañado prisma del exilio. Bien es cierto que durante el período republicano el PNV logró convertirse en un movimiento social de amplia base social gracias a una nueva generación de políticos encabezada por José Antonio Aguirre y Manuel de Irujo. Éstos, sin abandonar la independencia de Euskadi como meta final, prefirieron centrarse en la lucha por el Estatuto de Autonomía para el País Vasco, cuya aprobación les costó lograr y no llegó hasta 1936. El retraso que sufrió la ratificación del texto por el Parlamento Republicano, tres años tras el referendum que tal efecto se celebró en 1933, motivó que los sectores independentistas, el grupo Jagi Jagi, acabara escindiéndose del PNV.
Las relaciones entre la República y el nacionalismo catalán resultaron todavía mucho más conflictivas. Tras la esperanza con que fue recibida la proclamación de la República, entre enero y abril de 1932 el Estatuto de autonomía propuesto por Cataluña hubo de adecuarse a la Constitución para ser aprobado en septiembre de ese mismo año, aparcando las ambiciones federales y cualquier rastro de una soberanía plena para Cataluña. En octubre de 1934, la proclamación unilateral del Estado Catalán dentro de la República Federal Española por parte de Lluís Companys, presidente de la Generalitat, como protesta por la entrada de la Confederación Española de Derechas Autónomas en el gobierno, terminaba con la detención de Companys y la total suspensión de la autonomía catalana.
Tras la larga dictadura franquista, la Transición permitía salir de la oscuridad al PNV. En su asamblea nacional de Pamplona en 1977, sin embargo, apostaban nuevamente por una vía intermedia entre la independencia y la autonomía, al mismo tiempo que desterraban la definición étnica y racial del ser vasco. En ese mismo 1977 se restauraba la Generalitat de Cataluña a la voz del célebre “Ja sóc aquí” de Josep Tarradellas. También en 1977 el PSOE se veía forzado a abandonar su proyecto federal en favor de cuestiones más apremiantes.
En el marco de un ambiente atenazado por el ruido de sables, el conjunto de los partidos pactó la organización del Estado como la manera calculadamente ambigua (el “cafe para todos”) de dar carpetazo a un tema que en ese momento fue considerado menor frente a la acuciante urgencia de dotar de cimientos sólidos a la naciente democracia en ciernes.
En síntesis, han sido las dialécticas de conflicto las que han marcado el avance de nuestra democracia y su relación con los nacionalismos periféricos, lejos de los oasis pactistas que los inmovilistas nos quieren hacer creer para no reformar la Carta Magna. Una Carta Magna centrada en la construcción de un sistema democrático en ese momento difícil e inestable y que postergó otras realidades que ya podemos, como sociedad, abordar.
Treinta y seis años son un período de prueba más que suficiente, y anómalo en nuestra historia constitucional, durante los cuales la práctica democrática ha puesto a descubierto las cuestiones a mejorar y pulir en las normas del juego que la España de la Transición se dio. Ahora que la democracia es, gracias en buena medida a esta Constitución y sus padres, una realidad consolidada, toca trabajar en la calidad de dicha democracia.
Una hipotética reforma de la Constitución posibilitaría, no sólo adaptarla a la nueva realidad del territorio que ha de regir, sino además implicar a las nuevas generaciones que no votaron en el 78 y no se sienten, por ello, copartícipes del texto.
Por otro lado, lograr hacer la carta magna un instrumento flexible y cercano a las nuevas demandas evitaría que parte del espectro político opte por romper el tablero y situarse fuera de la normalidad institucional. Y el período de estabilidad en que nos hayamos nos brinda el mejor escenario para un diálogo constructivo y ambicioso que aporte un texto con capacidad de perdurar otros treinta y seis años. Esta vez ya no sólo de democracia, sino de una mejor democracia.

Rebelión en la granja (Daniel Ruelas)

Siempre he creído que la literatura es un fenómeno profundamente humano. O así debiera ser. La literatura, aunque se inserta mayormente en un mundo de ficción, nos permite analizar e interpretar mejor nuestra realidad cotidiana, y tal vez, identificar los errores que hemos cometido para enmendar el camino y ser personas más capaces, más racionales, y más integras.

Lo  anterior viene a cuento porque se me ocurre que, en el contexto del México actual, hay una obra que yo pondría como lectura obligada a todos nuestros políticos, y especialmente, a los miembros del Partido Acción Nacional. Es Rebelión en la granja, de George Orwell.

Orwell escribió y dio a conocer su obra alrededor de 1945, cuando la Segunda Guerra Mundial tocaba a su fin y se anunciaban ya los primeros signos de lo que después se conocería como Guerra Fría. El autor, desde un principio, concibe la novela como una mezcla de sátira política y ciencia ficción. Un grupo de cerdos se confabula para expulsar del poder al granjero, y gobernar según sus propias reglas (los “7 mandamientos”). Después de un tiempo, sin embargo, los propios cerdos ignoran las reglas del juego, y se embarcan en una guerra fratricida, dando como resultado simultáneo una dictadura y una anarquía absoluta en la granja. Muchos han visto aquí un paralelismo con Josif Stalin, y su sangrienta toma y ejercicio del poder. Yo estoy de acuerdo, máxime si se toma en cuenta el contexto histórico en que se publica la obra.Y el mensaje de Orwell es muy claro: aún si se tienen las mejores intenciones y los más claros principios, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Lo maravilloso de una obra literaria es que, con un poco de reflexión, puede aplicarse a muchos tiempos y espacios distintos. Estoy seguro de que Orwell no lo pensó, ni podía sospecharlo, pero su obra se puede tomar hoy como una sátira de varios sistemas que han venido después de Stalin. Con distintas circunstancias, con distintos modos y con distintos matices, aún a día de hoy muchos gobiernos mantienen intacto el principio orweliano de un ejercicio de poder al menos tan malo como aquel a quien antes se criticaba.

Por razones prácticas y afectivas, quiero referirme aquí al caso mexicano. De manera muy superficial, pero ilustrativa. En esta granja mexicana, los cerdos resultaron ser los gobiernos del Partido Acción Nacional (PAN) el partido de orientaciones derechistas fundado en 1939, y desde su origen, muy crítico con los gobiernos priistas emanados de la revolución. Durante décadas, el PAN permaneció como una oposición simbólica, silenciosa, a la sombra de la dictadura perfecta instaurada por los priistas. Durante muchos años, nunca tuvo  la menor posibilidad real de ejercer el poder. Era visto, sin embargo, como una alternativa aceptable para quienes anhelaban un cambio de gobierno, en parte por el peso moral que todavía hoy tienen sus fundadores y algunos de sus dirigentes en la historia de la política mexicana. Los panistas, se pensaba, eran una opción viable, que merecía una oportunidad.

Esta tendencia se agudizó hacia finales de los años ochenta, cuando una serie de circunstancias – el agotamiento del viejo modelo priista, las consecuentes reformas políticas y la aparición simultánea de varios candidatos e ideólogos dotados de un carisma singular – convirtieron al PAN en un partido con opciones reales de gobernar. El momento culminante tuvo lugar en el año 2000, cuando llegó al poder un individuo muy simpático, Vicente Fox, que era visto por la gran mayoría de los mexicanos como “el candidato del cambio”. Pero Fox no logró gran cosa. Más allá de los incuestionables méritos de su gobierno – entre los que se cuentan la estabilidad económica, la reducción de la pobreza y la consolidación de un modelo institucional relativamente independiente – Fox desperdició una magnifica oportunidad de emprender un cambio de fondo. Si como candidato parecía dispuesto a comerse el mundo, como Presidente resultó un individuo tibio, indeciso, que se apoyó en un gabinete bisoño y sin oficio político, perfectamente susceptible de caer en las garras de la oposición priista.

Aún así, y un poco debido a las circunstancias, el PAN recibió otra oportunidad en 2006. Fue en este sexenio, el de Felipe Calderón, cuando los cerdos se transformaron. Calderón, pese a que mantuvo el rumbo en política económica, empezó a imitar algunas viejas costumbres de los gobiernos priistas de antaño. Para llegar al poder, se sirvió de algunas alianzas cuestionables. Para su gabinete, y al más puro viejo estilo, nombró personas que destacaban por sus lealtades y no por sus méritos. Se comportó de manera tal que llegó a confundirse – y fundirse – con la cúpula, supuestamente independiente, del partido. Como muchos priistas de antes, fijó una serie de objetivos irreales y se empecinó en ellos, aún a costa de sacrificar la estabilidad y la gobernabilidad del país. La guerra contra el narcotráfico, que todavía hoy no se entiende para qué sirvió, es el mejor ejemplo.

Pero la gangrena no se detuvo en quienes ejercían directamente el poder, sino que poco a poco y como en la novela de Orwell, asfixió a todos los que tenían que ver con él. En los últimos años, el PAN, casi literalmente, se ha caído a pedazos. Los 12 años de poder y los errores pasaron factura. Es, como suele decirse, el desgaste natural. Pero por otra parte, los panistas se han esmerado, como los cerdos de Orwell, en revivir los vicios que tanto criticaban hasta hace poco. Los escándalos de alcaldes corruptos, los “moches” entre diputados, el espionaje político con escuchas ilegales incluídas, el dedazo, la división y las pugnas internas que a veces alcanzan tintes de pleitos de lavadero, han convertido al PAN en una caricatura de sí mismo. Y todas esas prácticas son una herencia directa y deformada de las viejas costumbres priistas. Como en Rebelión en la granja, los cerdos derribaron al tirano, pero acabaron por imitar, de mala manera, sus malos modos.

Hoy, el PAN ha perdido ante el electorado el aura de “partido respetable” de que gozaba antes de llegar al poder. No es ya esa opción política con ideas más o menos claras, que era lo más cercano en México a un partido realmente moderno. Aunque los panistas estén insertos en una democracia imberbe e imperfecta (y no en el contexto del totaritarismo, como insinuaba Orwell) harían bien en releer, con mucha atención, esta pequeña novela. Quizá esa lectura les permita aplicar un antídoto y enmendar el rumbo. Porque hoy, más que nunca, México los necesita de regreso, si aspira a una vida política verdaderamente moderna. No se tarden, muchachos.

HHhH (Daniel Ruelas)

Siempre he pensado que  Mario Vargas Llosa es un articulista de primera categoría. Cada quince días, leo en el periódico Reforma o en El País su columna Piedra de Toque, en la que expone su punto de vista acerca de temas de actualidad, se trate de política, filosofía, acontecimientos trascendentes a nivel internacional, y de vez en cuando, reflexiones sobre su propia trayectoria o gustos literarios. Llevo varios años siendo un fiel lector de Piedra de Toque y a la fecha no he encontrado un solo artículo que tenga desperdicio.

Recuerdo uno que leí hará tres años. Se titulaba El Carnicero de Praga y trataba de un libro con un título muy raro, HHhH. El autor sostenía, en pocas palabras, que era una obra digna de leerse. Pues bien: desde que leí ese artículo, me dí a la tarea de localizar el libro y formarme mi propia opinión. Hoy lo he conseguido.

HHhH, escrito por un profesor francés de nombre Laurent Binet, es un libro audaz, imaginativo y ameno, a caballo entre la realidad y la ficción. Su trama es una recreación de la Operación Antropoide, ejecutada en junio de 1942 por el Gobierno checo en el exilio para acabar con la vida de Reinhard Heydrich, el temible Carnicero de Praga, hombre clave en las SS y autor de la “Solución Final” al problema judío.

La novela posee una estructura compleja, en la que se entremezclan los tiempos y las voces narrativas, y muchos de sus capítulos no abarcan más de una sola página, recordando a las “viñetas literarias” que Gunter Grass utiliza en Mi Siglo. El retrato que Binet traza de sus personajes es a menudo y según confesión propia, históricamente inexacto. No obstante y en un ejercicio de honestidad literaria, el autor advierte al lector cada vez que se siente tentado a recrear la historia a su manera. Yo, por mi parte, le perdono tales errores. Estoy convencido de que Binet tuvo presente, al escribir, aquella máxima de su ilustre compatriota Dumas, según la cual, está permitido violar a la Historia, siempre que se le haga un hermoso hijo.

Pero es que además, resulta que lo que Binet cuenta, si bien confuso en los detalles – como cuando se permite una broma macabra acerca de los atributos sexuales del Carnicero – es esencial en los hechos reales. Tres pilares articulan la trama: la recreación de la personalidad y funciones de Heydrich, la preparación y ejecución del atentado y el suicidio de los asesinos, previo enfrentamiento con las SS en una iglesia de Praga.

Lo que impresiona es el estilo de Binet, que sabe mezclar en muchas ocasiones la ironía con una terrible crudeza y que en definitiva, y pese a todo, provoca en el lector la necesidad de seguir adelante. Cito un ejemplo: el retrato que traza de Heydrich, hombre meticuloso, entregado al trabajo, buen esposo, buen padre, y que sin embargo, gobierna Praga como un antiguo rey medieval, que dispone a su antojo de las vidas de sus subditos y que no pestañea en lo absoluto al ordenar una ejecución o una masacre. Bien mirado, de Heydrich se podría decir sin duda lo que Binet afirma en cierto momento: “Lo de humano, en fin, es una manera de hablar…”

El relato del atentado y el desenlace tampoco desmerecen. Es más, alcanzan un tono y una brillantez que no he encontrado en ningún thriller moderno. Al imaginar al paracaidista Josef Gabcik, de pie frente a Heydrich, petrificado al darse cuenta de que su revolver se ha encasquillado y que el atentado planeado por tanto tiempo está a un tris del fracaso, uno no puede evitar un estremecimiento. O cuando se recrea la escena de la iglesia, donde combaten siete refugiados contra setecientos SS, en una batalla que se prolonga durante horas, digna de la mejor escuela hollywoodense. Lo mismo sucede cuando se narra la matanza de Lídice, la más infame represalia de guerra de todos los tiempos y que los alemanes llevan a cabo con tanto orden y tanto método como si estuvieran efectuando una intervención quirúrgica. O lo mejor: cuando aparece en escena Karel Curda, el traidor que delató a los ejecutores de Heydrich, con su extraña mezcla de indiferencia y naturalidad. Como un guiño discordante, la historia tiene lugar en Praga, esa ciudad tan de cuento de hadas de la que es imposible no enamorarse si se le ha visitado.

En definitiva: HHhH es un libro muy recomendable. Pese a su considerable extensión, es un libro críptico y por encima de todo, humano. No abunda demasiado en los detalles, pero, ¿acaso es necesario abundar en los detalles cuando se recrean sucesos que tuvieron lugar hace apenas 72 años, y que se cuentan entre los más brutales de la Historia? ¿Y acaso hay algo más humano que recordarnos ese pasado reciente, tal vez para tomar conciencia de las atrocidades a las que es capaz de llegar el hombre y que no pueden volver a repetirse? Por todo esto, no me extraña que HHhH haya impresionado a Vargas Llosa. Seguro impresionará a quien lo lea.

Postdata: me permito dejar el significado del título a la curiosidad e imaginación de los futuros lectores. Espero que no falten.

Ayotzinapa. La excusa perfecta (Daniel Ruelas)

No cabe duda que, a últimas fechas, México vive días aciagos y turbulentos. A raíz de la tragedia de Ayotzinapa (a estas alturas, mundialmente conocida) se ha desatado un torbellino político y social que, al menos desde la óptica de los medios internacionales, amenaza con degenerar en terremoto de 9 grados, un terremoto capaz de derribar al actual Gobierno priista.

Yo tengo para mi que los no enterados (y por no enterados entiéndase sobretodo los no radicados en México) han visto sólo una parte del problema, aquella que nos indigna a todos, dentro y fuera del país: la tremenda brutalidad que se manifiesta en un suceso como el de Ayotzinapa- La desaparición y muy probable ejecución de los 43 normalistas revela una serie de fallas severas en el funcionamiento del Estado mexicano y nos deja en muy mala posición a ojos del resto del mundo. Se trata de un suceso que cala muy hondo en la sensibilidad nacional y que, como bien apunta Peña Nieto, no puede volver a repetirse.

Hoy miles de voces en México se levantan para exigir la renuncia del Presidente por el caso Ayotzinapa. Pero yo sostengo que el asunto no es tan simple como parece. Más allá de la muy natural indignación, del sentimiento de solidaridad o de los fundamentos para cuestionar al Gobierno, la triste realidad es que todo el asunto empieza a tomar un cariz político cada vez más evidente. Entre los “indignados” hay voces legítimas y que merecen ser escuchadas, pero hay también representantes de grupos y grupúsculos que se autodenominan de izquierda y que tienen más de 50 años demandando la caída del Gobierno, a quien, a día de hoy, tachan de “neoliberal” e “imperialista”.

Resulta curioso, sin embargo, que estos grupos parecen obcecados por derrocar al gobierno, pero nunca han ofrecido una propuesta clara y convincente como alternativa. Y aunque aventurar un juicio sobre esta “izquierda” resulta prematuro toda vez que sus autodenominados representantes no han tenido oportunidad de ejercer el poder a nivel nacional, hay, en este preciso momento, una serie de datos que permiten calificar las críticas a Ayotzinapa y la petición expresa de renuncia de Peña Nieto como oportunismo político y que permiten bosquejar una visión, no por hipotética menos alarmante, de la clase de gobierno que tendría México si la autodemnominada izquierda llega al poder.

Lo que me da que pensar es que, justamente, los pocos estados que han sido gobernados por la izquierda se cuentan entre los más problemáticos y atrasados del país. El caso que nos ocupa tuvo lugar en Guerrero, el estado más pobre de México y gobernado por partidos de izquierda desde hace 18 años. Me llama la atención que los “indignados” de Guerrero alzaron de inmediato la voz contra el gobierno federal priista, pero en ningún momento pensaron en pedir cuentas a las autoridades municipales y estatales, directamente responsables de la tragedia y emanadas de partidos de izquierda. Me llama la atención también que, apenas iniciadas las protestas, se alzaron voces desidentes en Michoacán y Oaxaca, estados adyacentes a Guerrero, de condiciones socioeconómicas similares, y también, con una larga tradición de gobiernos de izquierda. Me llama la atención el que los desidentes sean en su gran mayoría maestros y estudiantes de escuelas normales procedentes de esos tres estados, que amparados por la indignación provocada por Ayotzinapa, se han dedicado a dejar de frecuentar e impartir clases, para consagrar su tiempo a realizar actos que sólo pueden ser calificados como vandalismo. Me llama la atención el que estos grupos aprovechen la ocasión para revivir una batalla que tenían casi perdida, la de la reforma educativa promovida por el Gobierno Federal, y exijan su no aplicación escudándose en este “crimen de Estado”. La reforma educativa, vale recordarlo, habría acabado, al menos en teoría, con prácticas muy turbias, tales como la venta o herencia de plazas docentes y el bajo nivel de los planes de estudio, que en Estados como Oaxaca y Guerrero son realidad cotidiana.

Me llama la atención que estos desmanes – el bloqueo de autopistas o carreteras, la toma de casetas o los plantones – se cometan con cierta regularidad en Guerrero desde hace mucho tiempo, con o sin la masacre de Ayotzinapa de por medio y siempre llevados a cabo por normalistas o maestros inconformes. Me llama la atención que los partidos de izquierda critican siempre al gobierno cuando éste pretende perfeccionar el modelo económico de mercado, y apoyan causas como los subsidios económicos o la educación sin calidad. Me llaman la atención la gran cantidad de conflictos, los altos niveles de pobreza y el bajo nivel educativo que imperan en Guerrero y Oaxaca, y en menor medida en Michoacán. Lo cual me lleva a inferir que, aunque haya grupos o gobiernos rescatables, la izquierda mexicana no es todavía una izquierda madura y, peor aún, que hoy pretende usar la masacre de Ayotzinapa como pretexto para desestabilizar al gobierno y sacar tajada política. Una pena, porque estoy seguro de que cualquier democracia moderna debe contar siempre en sus filas con una izquierda responsable.

Insisto: lo de Ayotzinapa es un acontecimiento escalofriante, indigno de un país y una sociedad que, con mucho esfuerzo y a trompicones, pretenden ingresar definitivamente al club de países desarrollados en un futuro no muy lejano. Pero es más indigno aún que un suceso tan lamentable se use como arma de presión política por grupos que, a lo que parece, sólo quieren revivir para mal lo peor de la peor izquierda. Cierto. El gobierno priista no es perfecto y ha incurrido en muchos y muy graves errores. Hay muchas demandas legítimas por formular y ese será tema de mi próximo artículo. Así y todo, estoy plenamente convencido de que una revuelta social apoyada en ideas radicales, que es lo que pretenden promover estos grupos usando Ayotzinapa como pretexto, no es el camino.

El rentable ridículo (Daniel Ruelas)

Hoy es justo y necesario hablar un poco del PRI. Por lo que he escrito en fechas recientes, algunos me podrían tachar de propriista. Nada más falso. Yo me precio de ser alguien pensante y por eso, como solemos decir los mexicanos, no me caso con nadie. Por costumbre, pero también por convicción. Creo que no hay nada mejor para el progreso de un país que una sociedad crítica y vigilante.

Francamente hay material de sobra. Lo ocurrido en Ayotzinapa, más allá de motivaciones políticas, basta y sobra para asestarle un buen golpe a la credibilidad del gobierno. Pero no es sólo eso. Las tan traidas y llevadas reformas, piedra angular de la campaña de Peña Nieto, han sido puestas también en entredicho. Vamos por partes.

Así a bote pronto, se me ocurre que la peor de todas es la reforma fiscal, cuya intención debía ser simplificar el mecanismo de recaudación, construir un sistema impositivo más justo, eliminar los huecos legales que hacen posible la evasión a gran escala y ampliar el número de contribuyentes cautivos. Estos, según los entendidos, son los 4 grandes problemas del sistema tributario mexicano. En lugar de enfocar sus baterías en esa dirección, el Gel Boy y sus muchachos nos salieron con una fórmula imposible de entender para los profanos, pero que para el ciudadano común se traduce en impuestos y más impuestos. Ojo: ésta es la segunda reforma fiscal en cinco años. Y supuestamente se aprobó para enmendar las fallas de la reforma calderonista. A mi parecer, no hay nada nuevo bajo el sol. La tirada sigue siendo la misma: obtener más recursos para el gobierno a costa de la clase media y sin eliminar uno solo de los problemas de fondo.

Aquí hago un paréntesis y me permito cuestionar también el empleo de los recursos que se recaudan en estos tiempos aciagos. Y es que, a caballo entre el asunto de Ayotzinapa y lo que se suponía iba a ser el festejo del 104 aniversario del inicio de la Revolución, resulta que Peña Nieto canceló la licitación del tren bala que uniría el Distrito Federal y Querétaro. El motivo, según se supo, fueron los manejos turbios entre la empresa china que obtuvo la licitación y sus socios mexicanos, que resultaron ser, muy convenientemente, buenos cuates del Presidente. Amén de que las formas en que se llevó a cabo el concurso casi mueven a pensar en una resurreción de una vieja costumbre nuestra que creíamos ya erradicada: la dedocracia.

Pero yo, más allá de estas cosas, me permito pedir explicaciones del por qué y el para qué de un tren bala entre dos ciudades muy cercanas. Se me ocurre que ampliar la red de autopistas de primera línea (que es extensa pero tiene todavía algunos huecos) sería una manera mucho más sensata de emplear esos recursos. Por si esto no fuera poco, el manejo de la crisis ha sido realmente lamentable. En mala hora se le ocurrió a Peña cancelar por decreto esa licitación, en pleno revuelo por la crisis de Ayotzinapa. Sólo desgastó aún más su ya maltrecha imagen. Como una broma macabra del destino, encima de todo esto cae el escándalo de la casita de Angélica Rivera. En fin.

Las reformas petrolera y educativa, por su parte, suenan mucho más positivas y coherentes en su estructura y enunciados. Pero me temo que su aplicación no depende de las leyes, sino de las circunstancias. Hablar de una reforma petrolera en plena caída libre de los precios del crudo resulta cuando menos paradójico, más aún si se contacta a invita a participar en el sector a empresas de dudosa reputación. Hablar de una reforma educativa que se aplica a discreción y según las conveniencias en muy pocos Estados y cuando existen grupos de poder e instituciones que pretenden (y consiguen) hacer caso omiso y seguir manejándose con sus propios criterios, es risible.

Entonces, mi querido Peña, México no es sólo Ayozinapa y sus activistas políticos disfrazados de indignados. Habemos indignados reales y tenemos razones reales. Demandamos, en consecuencia, resultados reales. Tú decides si realmente quieres cambiar a este país y ponernos los dos pies en el Primer Mundo, aún a costa de los intereses creados, o aplicar aquel principio a lo Lampedusa de cambiarlo todo para que todo siga igual. Yo opinaría que la primera opción es la buena. Te quedan 4 años. No te duermas.

Paul Krugman

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